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| Foto: Eduardo Finocchi |
Detrás del Cementerio de La Plata, donde la calle 74 parece frenarse contra una pared de mármol y cipreses, habia un bar sin nombre. (actualmente tiene un cartel que dice "El doble 2" Fundado en 1930) pero siempre le decían simplemente "El Bar de los que Vuelven", no porque allí regresara gente, sino porque a nadie le quedaba claro quién entraba y quién salía realmente.
El techo de chapas vibraba con cada viento del sudoeste y el
piso tenía grietas que parecían arañazos de algún animal antiguo o, como decía
el Chueco Ledesma, “del tiempo mismo”. Afuera como siempre, el perro negro de patas blancas durmiendo.
En las noches, cuando los autos desaparecían y el silencio se
mezclaba con el olor a flor marchita del cementerio, ese era el único lugar con
luz. Una luz amarillenta, cansada, como si también hubiera vivido demasiado.
Los parroquianos habituales ya eran parte del mobiliario: el
Chueco, que había trabajado treinta años en el cementerio; la Nena, que sabía
más de muertos que de vivos; y Rolón, ese tipo que nadie recordaba haber visto
joven. La dueña, Doña Cata, era la única que mantenía el lugar con una
terquedad casi religiosa.
Todos ellos hablaban de una cosa en común: El viejo.
No tenía nombre. Nadie se lo había preguntado jamás porque él no hablaba. Entraba silencioso, como arrastrado por un viento que nadie sentía. Se sentaba siempre en la misma mesa, la de la esquina, donde la sombra del farol de afuera caía justo sobre su rostro arrugado.
Doña Cata le servía una caña sin pedirla. Y él la bebía despacio, mirando todo con una atención inquietante, como si tomara nota de cada gesto, cada palabra, cada respiración.
Llegaba sin aviso. A veces durante una tormenta, a veces en
noches secas, pero siempre después de que cerraban las rejas del cementerio.
Nunca lo vieron caminar por la calle 74. Nunca lo vieron
irse.
Simplemente, cuando uno parpadeaba, ya no estaba.
La sospecha inevitable empezó una noche en que el Chueco,
medio borracho, dijo:
—Ese viejo no viene de afuera. Viene de adentro.
Y señaló, con un dedo tembloroso, el muro del cementerio.
Nadie se rió.
Los ojos del viejo eran lo peor: no tenían el brillo típico de los vivos, pero tampoco la opacidad de los muertos. Eran otra cosa.
Casi siempre recorrían el bar como si revisaran una lista
invisible, como si confirmaran presencias.
Una vez, la Nena juró que lo vio sonreír apenas cuando un
cliente habitual, el Zucchi, sufrió un mareo y se desplomó.
A la semana siguiente, Zucchi murió de un paro cardíaco.
El viejo no apareció esa noche.
Eso reforzó la leyenda:
El viejo venía a buscar gente.
La noche que lo cambió todo fue en pleno invierno. El bar estaba lleno: mucho frío, poca plata y ganas de cortejar al calor de una caña barata.
A las 22:14, la puerta se abrió sola.
Nadie vio una mano empujarla.
Él estaba ahí.
Pero esta vez no se sentó en su mesa.
Se quedó parado, en medio del bar, observando a cada uno.
Uno por uno.
Sin apresurarse.
La respiración del lugar cambió. La Nena se llevó una mano al
pecho. Rolón dejó caer su vaso. El Chueco empezó a llorar sin saber por qué.
Cuando los ojos del viejo se posaron en Doña Cata, ella
simplemente asintió, como quien recibe una noticia largamente esperada.
Y entonces pasó algo inexplicable:
El viejo se volvió hacia la puerta… y caminó hacia afuera.
Pero no hacia la calle.
Sino hacia el muro.
Y se desvaneció.
Se apagó como una sombra que pierde su dueño.
Al día siguiente, Doña Cata no abrió el bar.
La encontraron en la cocina, sentada, sin señales de dolor.
Como si hubiera decidido irse.
Como si la hubieran llamado.
El Chueco fue quien lo dijo en voz alta:
—Ese viejo… ese viejo vino a buscarla.
Desde entonces, el bar quedó cerrado.
Pero hay quienes aseguran que, a veces, en noches muy frías,
se ve una luz tenue desde adentro.
Y una figura sentada en la mesa de la esquina, bebiendo una
caña, observando todo con paciencia eterna.
Algunos creen que ahora hay dos viejos.
Otros dicen que él sigue viniendo solo, porque todavía tiene
nombres que tachar de su lista invisible.
Pero la mayoría, cuando pasa por la calle 74, ni mira hacia
ese lado.
Porque todos sienten lo mismo:
cuando uno mira demasiado, a veces, algo te devuelve la
mirada.
Eduardo Finocchi / 11-2025

