En la La Plata de veredas anchas y tranvías, hubo un tiempo
en que las mañanas empezaban con un ritual casi sagrado: el diario bajo el
brazo.
No era solo Diario El Día el que marcaba la agenda. También
estaba La Opinión, un nombre que hoy suena lejano, pero que durante décadas
fue parte del pulso cotidiano de la ciudad.
Fundado en 1922 por Francisco Della Croce, el diario tenía
su redacción y talleres en pleno corazón platense: en la zona de calle 7
entre 45 y 46, a pocas cuadras de Plaza Italia.
La Opinión no era un diario más. Era, como se decía
entonces, “un diario hecho a pulmón”. Della Croce no solo escribía: también
corregía, supervisaba la impresión y hasta discutía los titulares como si en
ellos se jugara algo más que tinta y papel.
Las rotativas —ruidosas, obstinadas— daban vida a cada
edición que salía a la calle todavía tibia. Y ahí estaban los canillitas, en
las esquinas del centro, gritando las noticias del día, mezclando política,
sociedad y algún escándalo que hacía fruncir el ceño a más de un vecino.
La Opinión tenía ese aire combativo de los diarios
que no querían pasar desapercibidos. Opinaba —como su nombre lo indicaba—,
tomaba partido, discutía. Y en una ciudad universitaria, atravesada por ideas y
debates, eso no era poco.
Pasaron los años, cambiaron los gobiernos, se transformó la
ciudad. Pero el diario siguió ahí, acompañando generaciones, contando la vida
platense en letras apretadas.
Hasta que un día —casi en silencio, como suelen apagarse las
cosas importantes— dejó de salir. Fue en 1972. Y aunque no hubo grandes
despedidas, algo se perdió en esas madrugadas sin su voz.
—¡La Opinión! ¡Salió La Opinión!
Investigación: Eduardo Finocchi 3-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
