Llegamos a La Plata desde La Pampa en los años sesenta. Yo
era chico y la casa que íbamos a habitar necesitaba arreglos. Entre los
operarios que empezaron a aparecer hubo uno que quedó grabado para siempre en
mi memoria: Catulo.
Era carpintero. Petiso, pelado, de ojos grandes y saltones.
Tenía un humor particular, siempre al borde de lo cómico. Su saludo era
inconfundible y se repetía como una contraseña entre los vecinos:
—¡¿Qué hacés, Catulo?!
—¡¿Qué hacés vos?!
Y esa sonrisa que parecía decir que todo estaba bien.
Vivía cerca. Nosotros en 522 entre 15 y 16; él a pocas cuadras. Lo veía seguido. Pasaron los años, crecí, pero cada vez que cruzaba
por su cuadra lo saludaba y él respondía igual, como si el tiempo no existiera.
Hasta que un día me dijeron que había muerto.
Años después, una tarde cualquiera, lo vi otra vez. Estaba
parado en la puerta de su casa. Me acerqué, lo saludé y contestó con la misma
amabilidad de siempre. Me fui desconcertado. No estaba dormido. No estaba
distraído. En casa me dijeron que no podía ser: Catulo no tenía hermanos y
hacía años que había fallecido.
Ese recuerdo quedó guardado, sin explicación.
Hace unos días, después de más de medio siglo, pasé otra vez
por esa casa. Miré hacia adentro y lo vi: detrás de una ventana, una figura
conocida me saludaba con la mano y sonreía con alegría.
No sentí miedo. Sentí algo parecido a la paz.
“Chau, Catulo”, me dije en silencio mientras devolvía el
saludo.
Algunas personas no se van nunca.
Solo cambian la forma de quedarse.
Eduardo Finocchi / 1-2026
