A mediados de la década de los años ‘40 se produjo en la
necrópolis local algo realmente absurdo y aberrante al mismo tiempo.
Una madrugada uno de los cuidadores nocturnos había escuchado
unos sonidos extraños provenientes de la zona de nichos; munido de un farol
inspeccionó el sector sin advertir nada fuera de lo normal. Pero en las
primeras horas de la mañana, con la luz del día a pleno, se halló un féretro en
el piso y un cadáver a varios metros arrastrado.
Se trató de un alocado intento de un hombre con facultades
mentales alteradas que pretendía llevar el cuerpo de su fallecido padre a una
aldea de Italia de la que el occiso era oriundo.
Por esa misma época pasó otro episodio muy comentado. Un
grupo de sepultureros había cavado varias tumbas que días después serían
utilizadas; uno de ellos, luego de hacer un alto para almorzar y tomar algo
(bastante) de vino, se acostó a dormitar en el fondo de uno de esos pozos, pero
quedó profundamente dormido.
Sus compañeros sacaron varias coronas florales de otras
tumbas y las pusieron sobre la que dormía el obrero en cuestión, el que al
despertarse, se levantó sacándose las flores vecinas pero causando pánico a dos
mujeres de edad que se encontraban rezando junto a una tumba cercana, y que
dieron fuertes alaridos para salir raudamente del lugar y contar en la
administración del Cementerio lo que acababan de presenciar.
En los años sesenta falleció la dueña de un bar cercano al
Cementerio y su fiel perro quedó sin dueño. Pero el animal, se pasaba todo el
día echado junto a la tumba de la mujer.
Los cuidadores del lugar se encariñaron con el animal y se
encargaron de alimentarlo hasta que poco más de dos años después el perro
murió.
Otra historia cuenta que durante casi 36 años, un hombre
siempre bien vestido y que habría sido un abogado de la Ciudad, invariablemente
en forma diaria y sin considerar contingencia climática alguna, llevaba una
flor a la tumba de su madre. Se cuenta que eso se prolongó desde mediados de la
segunda década del siglo XX hasta comienzos de los años ‘50.
Otro caso ocurrió durante una buena parte de la década de
1960 personas han dado fe de haber visto los domingos junto a la tumba de su
esposo, a una mujer que llevaba una radio portátil que encendía durante las
transmisiones de los partidos que disputaba Gimnasia.
Uno de los cuidadores del lugar había referido en su momento
que la mujer en cuestión le había contado que su esposo había sido un fanático
tripero y que el llevar la radio para que el occiso “escuchara” los partidos
del club de sus amores representaba su forma ritual de recordarlo. Además,
llevaba siempre un ramo de claveles blancos.
También está la historia de un obrero del sector de
maestranza de la necrópolis local que tenía una alteración de sus facultades
mentales por lo cual, entre otras cosas, había tomado la costumbre de disparar
al aire un tiro con un revólver que escondía entre sus ropas, toda vez que
sonaba la campana de la Iglesia del Cementerio.
Las autoridades administrativas de la repartición municipal,
luego de que el hecho se repitiera en tres ocasiones, obligaron al obrero a
ingresar a su trabajo desarmado, pero tiempo después y tras haber cometido
variados hechos, algunos de los cuales llamaron fuertemente la atención del
público, el hombre de cincuenta años fue jubilado por incapacidad.
Los variados relatos con respecto a personas que
presuntamente se habrían quitado la vida a través de distintos métodos junto a
la tumba de sus seres queridos jamás han encontrado el correlato policial del
caso.
Pero lo que sí es real es que, a lo largo de los años, fueron
muchas las personas que sufrieron en el Cementerio indisposiciones de salud de
distinta complejidad, supuestamente causadas por fuertes estados emocionales,
debiendo ser atendidas en algunos casos en la misma necrópolis e incluso
trasladadas a centros asistenciales de esa zona de nuestra ciudad.
Otro mito extendido que permanece en calidad de tal porque
jamás pudo ser comprobado, cuenta que el 24 de diciembre de 1946 una mujer de
unos cuarenta años ingresó a la bóveda familiar para pasar la Nochebuena con su
marido que había fallecido unas semanas antes.
A partir de mediados de la década de 1990 comenzó a ser cada
vez más evidente en la zona de tumbas, el hecho de que sobre las cruces se
colocaran camisetas de los cuadros favoritos de los difuntos allí inhumados.
Ese impensado ritual funerario, por calificarlo de alguna manera, ha ido
cobrando cada vez más fuerza hasta la actualidad.
Desde hace alrededor de veinte años, en el cementerio
platense, al igual que numerosas necrópolis de nuestro país, se comenzaron a
sustraer placas y otros ornamentos fúnebres de bronce.
Los primeros en convertirse en “sospechosos” de esos
incalificables robos fueron los cuidadores nocturnos, en su mayoría, gente de
mucha antigüedad, pero fueron precisamente esos honestos trabajadores los que
en varias ocasiones lograron avisar a la policía sobre el ingreso de noche de
malvivientes al camposanto, e incluso, también lograron detener a dos de ellos
en sendas oportunidades.
Por otra parte, desde hace unos quince años, comenzaron a
abundar denuncias y quejas vecinales, más que nada en el sector que da al
lateral de la calle 76, sobre la frecuente ocurrencia de rituales de supuestas
“religiones” afro-brasileñas, ceremonias nocturnas durante las cuales se
degollaba a un gallo para de inmediato arrojarlo al interior del cementerio por
entre las rejas de uno de los accesos.
