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Una flor en el escenario y un recuerdo en el tiempo


Hay lugares que guardan historias.

Y hay momentos en la vida en los que uno, casi sin buscarlo, se cruza con ellas.

Recuerdo aquel día en que, siendo empleado del viejo Teatro Argentino de La Plata, nos tocó ir a trabajar como maquinistas al Teatro del Lago, el Anfiteatro Martín Fierro, ese escenario al aire libre que parece respirar historia entre los árboles del bosque platense.

Era una jornada de trabajo más.

Cables, estructuras, movimientos de escenografía, la rutina silenciosa del que trabaja detrás del telón, donde casi nadie mira, pero donde todo sucede.

Sin embargo, apenas pisé ese lugar, algo cambió.

El aire tenía otra densidad, como si el tiempo se hubiese detenido en algún rincón del escenario. Y fue allí, entre bambalinas y recuerdos prestados, donde vino a mi memoria la historia de Rosa Mancuso.

Una historia sencilla, pero profundamente humana.

El 18 de noviembre de 1949, La Plata inauguraba el Anfiteatro Martín Fierro, hoy conocido como Teatro del Lago. Entre los integrantes del Coro de Niños del Teatro Argentino estaba una joven de apenas 14 años: Rosa Mancuso.

Aquella noche no era una noche cualquiera.

La ciudad estaba expectante. El nuevo escenario prometía cultura, música y arte para todos, en una época donde el acceso a la cultura comenzaba a expandirse con una mirada más popular.

Rosa, junto a su hermana Norma, había sido elegida para una tarea muy especial: entregarle un ramo de flores a Eva Perón.

Imagino esa escena mientras caminaba por el escenario vacío.

Las luces que ya no estaban.

El murmullo del público que sólo existía en la memoria.

Y esa adolescente sosteniendo un ramo de flores con nervios y emoción.

Aquella inauguración incluyó un ballet, la ópera La Dolores y la orquesta interpretando El Murciélago, de Johann Strauss. El teatro vibraba, la ciudad también.

Evita ingresó por la puerta principal, sobre la calle 52.

Perón lo hizo por el acceso de artistas. La multitud era tan grande que, según recuerda Rosa, tuvo que cruzar en un bote. La escena parece hoy casi cinematográfica, pero fue real. Fue La Plata. Fue ese mismo lugar donde yo estaba trabajando décadas después.

Rosa contaba que, como chica, no dimensionaba el peso político del momento. Para ella, lo importante era otra cosa: la emoción de inaugurar un teatro, la música, la experiencia artística.

Tal vez, sin saberlo, estaba viviendo uno de esos instantes que quedan grabados para siempre.

Su familia también respiraba cultura. Cuatro hermanos atravesados por el arte y la actividad cultural: Antonio, que sería director de la Sala Ginastera del Teatro Argentino; Mario, director del coro Mariano Mores; Norma, pionera con el primer gimnasio femenino en La Plata; y ella, Rosa, que luego sería escribana, pero que siempre guardó aquella noche como una joya.

Con los años, el Teatro del Lago siguió escribiendo su historia.

Y cuando en 1977 el incendio destruyó el viejo Teatro Argentino, ese mismo anfiteatro se convirtió en refugio cultural, en escenario provisional para sus cuerpos estables, manteniendo viva la llama del arte en la ciudad.

Mientras recordaba todo esto, seguía trabajando. Movía estructuras, acomodaba elementos, como tantas otras veces.

Pero ese día no fue uno más.

Porque en ese escenario, donde yo cumplía mi tarea silenciosa de maquinista, alguna vez una niña entregó flores a Eva Perón.

Porque allí resonaron voces, música, sueños y emociones que todavía parecen flotar entre los árboles.

Y pensé entonces que el teatro tiene algo mágico.

Los actores cambian. Los trabajadores también. Las épocas pasan.

Pero los escenarios…

Los escenarios guardan memoria.

Y ese día, mientras trabajaba en el Teatro del Lago, sentí que no estaba solo.
Que entre las sombras del escenario, todavía quedaba, intacta, la imagen de Rosa Mancuso sosteniendo un ramo de flores…

como una flor del Teatro del Lago, que el tiempo nunca pudo marchitar.


Eduardo Finocchi / 4-2026  https://historiasendiagonal.blogspot.com

Info: Sobre una nota publicada en el diario El Día

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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