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La Casa Alpina de 13 y 32: el chalet platense donde zumbaban las abejas y crecían los recuerdos

 



En una esquina tranquila de La Plata, entre árboles añosos, veredas amplias y el ritmo apurado de una ciudad que cambió tantas veces, todavía resiste una construcción distinta a todas.

Quien pasa por 13 y 32 inevitablemente gira la cabeza. Sus techos inclinados, su silueta de chalet europeo y ese aire detenido en el tiempo parecen transportarnos lejos del cemento urbano. Los vecinos la conocen simplemente como “La Casa Alpina”.

Pero detrás de sus paredes hay mucho más que una curiosidad arquitectónica. Hay una parte entrañable de la memoria platense.

La historia de esta casona se remonta a la primera mitad del siglo XX, cuando fue construida por la familia Rasilla, apellido muy conocido en la ciudad. Los Rasilla estuvieron vinculados al antiguo Teatro Princesa —aquel recordado espacio cultural que luego tuvo otros usos— y también a los orígenes de la tradicional línea 514 de colectivos, símbolo del transporte barrial platense.

Por entonces, aquella zona de La Plata todavía conservaba un aspecto casi suburbano. Había quintas, terrenos amplios y calles más silenciosas. En ese paisaje apareció esta vivienda de estilo alpino, inspirada en las construcciones europeas de montaña que estaban de moda en las décadas del ’20 y ’30. Era una casa distinta, elegante y llamativa, como si hubiese sido traída pieza por pieza desde algún pueblo suizo para instalarla en medio de la ciudad nueva.

Con los años, el edificio cambió de destino y pasó a manos del Estado provincial. Y allí comenzó la etapa que más recuerdan generaciones de vecinos y alumnos: la vieja Escuela de Apicultura.

Durante décadas, la casona de 13 y 32 se convirtió en un lugar de aprendizaje y descubrimiento. Allí podían formarse técnicos nacionales en apicultura y también llegaban excursiones escolares desde distintos puntos de La Plata. Para muchos chicos, aquellas visitas fueron el primer contacto con el fascinante mundo de las abejas.

Todavía hay quienes recuerdan el aroma de la miel, las explicaciones sobre las colmenas, los trajes protectores y el sonido constante de los panales trabajando. En tiempos donde no existían pantallas ni tecnología digital, esos recorridos tenían algo mágico: los niños observaban asombrados cómo una pequeña abeja podía sostener todo un ecosistema.

La antigua escuela fue también un símbolo de la fuerte tradición científica y productiva de La Plata, una ciudad que desde sus orígenes estuvo ligada al conocimiento, la investigación y la educación técnica.

Con el paso del tiempo, la actividad fue cambiando y el lugar terminó funcionando como oficina descentralizada del Ministerio de Asuntos Agrarios bonaerense. Muchos vecinos recuerdan que hasta hace no tantos años allí se entregaban semillas y plantines para huertas familiares, manteniendo vivo el vínculo entre la casa y la comunidad.

Hoy la vieja Casa Alpina continúa de pie, silenciosa y resistente, observando cómo la ciudad creció a su alrededor. Ya no recibe excursiones escolares ni técnicos apicultores como antes, a lo sumo los que llegan a la ciudad desde CABA o el conurbano porque allí hay una parada muy importante de taxis, pero conserva algo difícil de explicar: una atmósfera de otro tiempo.

Porque algunas construcciones no son solamente ladrillos y techos. Son refugios de memoria.

Y en esa esquina de 13 y 32, entre el tránsito cotidiano y el apuro moderno, todavía parece escucharse —muy bajito— el zumbido de aquellas abejas que durante décadas hicieron de esta casa un lugar único en la historia platense.

Eduardo Finocchi 5/2026   -   https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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