En una ciudad de La Plata, donde
las diagonales parecen guardar secretos y las casas antiguas todavía resisten
detrás de los árboles, hay rincones que detienen el tiempo. Uno de ellos está
en calle 10 entre 70 y 71, donde sobrevive un viejo palacete que todavía
conserva algo de aquella elegancia silenciosa de la vieja La Plata.
La casona aparece casi de golpe,
escondida entre el verde y el murmullo del barrio. Su fachada blanca, gastada
por décadas de lluvias y veranos platenses, todavía sostiene molduras, cornisas
y ventanas altas que recuerdan una época en que las familias acomodadas
construían verdaderas residencias señoriales lejos del centro ruidoso.
La escalera lateral parece
conducir a otro tiempo.
A una tarde de 1930.
A un piano sonando detrás de
alguna ventana abierta.
A reuniones familiares
interminables bajo techos altos y ventiladores lentos.
Con los años, alrededor de la
propiedad comenzaron a crecer historias y versiones que todavía circulan entre
vecinos antiguos del barrio. Algunos aseguran que el palacete habría
pertenecido a la familia Tetamanti, vinculada a los viejos tranvías y a los
primeros empedrados de La Plata, en aquellos tiempos en que la ciudad todavía
estaba construyendo su identidad entre carros, adoquines y avenidas recién
trazadas.
Tal vez por eso la casa conserva
ese aire de vieja prosperidad platense.
De una época donde ciertas familias dejaron su marca en el crecimiento de la
ciudad y levantaron residencias que buscaban parecer pequeños palacios europeos
en medio de una ciudad joven y ambiciosa.
Cuesta imaginar hoy aquella vida
elegante en medio del silencio actual del barrio. Porque las grandes
residencias platenses tienen algo de barco encallado: permanecen inmóviles
mientras alrededor todo cambia. Los edificios avanzan, los autos pasan rápido,
las generaciones se suceden… y ellas siguen ahí, resistiendo.
La pileta del frente —claramente
agregada muchos años después— mezcla dos épocas distintas. La de la antigua
mansión aristocrática y la del intento moderno por mantener viva una propiedad
enorme, difícil de conservar, costosa de sostener y demasiado grande para los
tiempos actuales.
En La Plata hubo muchas casas así.
Algunas desaparecieron sin dejar rastros. Otras fueron loteadas, abandonadas o
convertidas en instituciones. Pero las que sobreviven todavía producen esa
sensación extraña de nostalgia incluso en quienes nunca las conocieron en sus
años dorados.
Quizás porque estas mansiones
representan algo más profundo:
la idea de una ciudad que alguna vez soñó en grande.
Y cuando cae la tarde sobre calle
10, con las sombras de los árboles estirándose sobre las paredes descascaradas
del palacete, uno tiene la sensación de que la casa todavía espera.
Como si en cualquier momento fueran a volver los viejos dueños, los autos
negros de otra época, las conversaciones en la galería y las luces
encendiéndose detrás de los vitrales.
Pero no vuelve nadie.
Sólo queda la casa.
Y la memoria silenciosa de una antigua ciudad que se va apagando poco a poco.
Eduardo Finocchi 5/2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
