La Plaza Moreno de La Plata, corazón cívico y geográfico de la ciudad, duerme un sueño profundo, envuelta en la neblina que sube desde el Río de la Plata. Las luces de los faroles proyectan círculos dorados sobre el pavimento, pero la verdadera luz, la que irradia desde el inmenso óvalo de la Plaza, parece apagarse tras la medianoche.
Todos los días, la figura imponente de Raúl Alfonsín, el
Padre de la Democracia, se yergue firme sobre su pedestal de mármol. Su estatua
de bronce, con ese gesto pensativo y sus manos tomadas por detrás,
parece vigilar eternamente la entrada a la Municipalidad y a la Catedral.
Pero lo que pocos saben es que, al filo de las tres de la
mañana, cuando incluso el último micro ha pasado, la plaza es testigo de un
pequeño y conmovedor milagro.
Una noche, mientras volvía a casa por la Avenida 13, me
detuve, como siempre, a admirar la quietud de la plaza. Los restos de la
jornada dominical —un envoltorio de hamburguesa, un puñado de panfletos
políticos, la tapa de un vaso de café— yacían esparcidos por todo el lugar.
De pronto, un movimiento captó mi atención. Parpadeé,
creyendo que la fatiga me jugaba una mala pasada. El pedestal de la estatua de
Alfonsín... estaba vacío.
Mi corazón dio un vuelco. Me acerqué con cautela, sintiendo
la adrenalina helada del miedo. Miré el suelo, buscando un rastro, una señal de
vandalismo.
Y entonces lo vi.
Justo al lado de la fuente seca, entre los bancos de madera,
se movía una silueta inconfundible. Vestido con su eterno traje de bronce, con
ese pliegue en la solapa tan característico, estaba Don Raúl. Su figura, aun con el paso del tiempo, se movía con una ligereza sorprendente.
No estaba haciendo un discurso. No estaba saludando a una
multitud. Estaba, con una de las manos que horas antes habían estado pegadas a su espalda,
recogiendo una lata de gaseosa vacía y metiéndola en una bolsa de residuos que
llevaba colgada del brazo derecho.
Era el Guardián Silencioso, limpiando su plaza.
Me quedé paralizado, observando cómo este símbolo de nuestra
historia caminaba con paso cansino pero firme, inclinado de vez en cuando para
levantar una colilla de cigarrillo o un trozo de diario viejo. Parecía realizar
su tarea con una seriedad y una humildad que solo lo hacían más grande.
Finalmente, tomé aliento y decidí que no podía dejarlo solo.
Un acto de tanta dignidad merecía compañía.
Me acerqué lentamente. "Buenas noches, Doctor," le
dije, y mi voz se quebró un poco por la emoción.
Alfonsín se sobresaltó. Su rostro de bronce, aunque
inexpresivo, pareció reflejar una profunda vergüenza. Me miró con esos ojos
esculpidos que siempre habían parecido tan llenos de visión.
"Buenas noches, joven," me respondió con un tono de
voz que era un susurro grave, como el roce de dos hojas de papel. "Le
ruego que no le cuente esto a nadie. Es una tarea que prefiero realizar en
privado."
"No le diré a nadie," prometí. Y me animé a
decirle: "Pero... ¿puedo ayudarlo? Dos pares de manos harán el trabajo más
rápido."
Él dudó un instante. Luego, esbozó una leve sonrisa, una de
esas que le conocíamos en los noticieros, o como la tiene en la foto que un día
pude tomarme con él durante uno de sus tantos actos de campaña.
"Sería un gran servicio a la República, mi amigo,"
me dijo. "Porque la democracia no es solo un conjunto de leyes y
elecciones, ¿sabe? Es también el cuidado de lo que es de todos. Es el respeto
por el espacio común. Es la decencia del ciudadano."
Así, en el corazón de la noche platense, nos pusimos a
trabajar. Yo recogía los papeles esparcidos cerca de los canteros; él se
encargaba de las zonas más oscuras, cerca de los árboles. Intercambiamos pocas
palabras, pero sentí una conexión profunda.
Cuando la bolsa estuvo llena y la plaza se veía impecable,
las primeras luces del amanecer se anunciaron en el cielo. Don Raúl se detuvo y
me tendió la mano, la misma mano que había usado para firmar la ley de divorcio
y para defender los derechos humanos.
"Gracias. Por la ayuda y por su silencio," me dijo.
Abrí los ojos de golpe.
Estaba en mi cama. El sol entraba por la ventana. Todo había
sido un sueño.
Me levanté y, todavía con esa extraña sensación de bronce
frío en las manos, me dirigí a la Plaza Moreno. La plaza, por supuesto, estaba
perfectamente limpia gracias al trabajo matutino de los municipales
Miré a la estatua de Alfonsín. Allí estaba él, firme y
pensativo en su pedestal.
Una ráfaga de viento levantó un único panfleto de propaganda
de la noche anterior y lo arrastró hasta mis pies. Lo levanté y lo tiré en el
cesto de basura más cercano.
Y al hacerlo, sentí que, aunque Don Raúl nunca había bajado
de su pedestal, el espíritu de su sueño —el de cuidar la República— se había
quedado conmigo.
Eduardo Finocchi / 12-2025
