Una historia inspirada en la obra de Florencio Molina Campos
Siempre admiré los dibujos de Florencio
Molina Campos. Desde chico, sus personajes me resultaban familiares… como si
fueran vecinos, amigos o paisanos que uno podía encontrar en cualquier rincón
de la pampa. Sus gauchos de gestos exagerados, caballos desgarbados y
situaciones llenas de humor siempre me hicieron sonreír.
Un día, repasando su obra, en un
espectacular libro del Dr. Osvaldo
Pamparana, gran representante en todo el mundo, conocedor de la obra de Molina Campos
y que tuve el honor que me regalara autografiado, mi admiración se transformó
en algo distinto… Ese día… conocí a Tiléforo
Areco.
No fue en una estancia, ni en una
exposición, ni siquiera en un museo. Fue a través de una imagen, de esas que
parecen hablarte. Ahí estaba, montado en su caballo, con su gesto pícaro y su
andar medio desprolijo… como si estuviera a punto de contar una historia.
Tiléforo Areco no era un
personaje cualquiera.
Había nacido de la memoria de la
infancia de Molina Campos, cuando pasaba sus vacaciones en la estancia materna
"Los Ángeles", en General Madariaga. Tenía apenas nueve años cuando,
en los días de lluvia, comenzó a dibujar para entretenerse. Y allí estaba el
capataz de la estancia: Tiléforo Areco, que con el tiempo se convertiría en uno
de los personajes más emblemáticos de su obra.
Desde entonces, Tiléforo empezó a
vivir en cada dibujo. Siempre con ese aire criollo, medio torpe pero simpático,
montado en caballos con detalles únicos, como los dos estribos característicos
que Molina Campos heredó de su familia y que se volvieron sello de sus
ilustraciones.
Dicen que cuando murió su padre,
Molina Campos dejó la estancia "La Matilde", en Chajarí, Entre Ríos,
y se mudó a Buenos Aires. Pero el campo nunca lo abandonó. Como refugio,
comenzó a escribir cuentos camperos y a dibujar escenas que nacían de sus
recuerdos.
Y allí seguía Tiléforo… Como un
viejo amigo que no se pierde.
Siempre me llamó la atención una respuesta que dio Molina Campos cuando le preguntaron por qué los paisanos no se ofendían al verse retratados en sus dibujos. Él respondió:
"Es muy sencillo. El que
mira el cuadro nunca se ve a sí mismo sino a un amigo o conocido. Y eso, claro,
le hace gracia."
Y creo que eso fue exactamente lo
que me pasó.
Cuando vi a Tiléforo Areco, no vi
un personaje lejano. Vi a alguien conocido. Quizás un paisano que uno imaginó
alguna vez. Tal vez un recuerdo del campo, aunque nunca haya vivido en él.
Ese día entendí algo…
Los personajes de Molina Campos
no se miran… se encuentran.
Y así fue como, por mi admiración
a Molina Campos…y a don Osvaldo Pamparana...
Un día, conocí a Tiléforo Areco.
Eduardo Finocchi / 4-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com

