Dicen que toda ciudad tiene un secreto.
Y La Plata, con sus diagonales perfectas y su aire
misterioso, guarda uno que muchos repiten en voz baja cuando atraviesan la
Plaza Moreno al caer la tarde.
Algunos lo cuentan como una broma.
Otros, como una advertencia.
Y los más curiosos, como una historia que nunca termina de
explicarse del todo.
Es la leyenda de los "cuernos" a la Catedral.
Todo comienza frente a la imponente Catedral de La Plata, ese
gigante de ladrillos que parece vigilar la ciudad desde el corazón mismo de la
plaza. Allí, entre senderos y árboles, se encuentran las cuatro estatuas de las
estaciones: Primavera, Verano, Otoño e Invierno.
Muchos platenses, al pasar, se detienen un momento y
observan.
—¿Las ves? —dice alguien señalando—
—Están haciéndole cuernos a la Catedral...
Y entonces empieza el mito.
Según la leyenda urbana, las esculturas fueron colocadas por
masones, quienes habrían querido desafiar al templo católico. Con sus manos,
las figuras parecerían hacer el gesto de los "cuernitos", como una
silenciosa provocación que permanece allí desde hace más de un siglo.
La historia resulta tentadora pues La Plata fue fundada con
una fuerte influencia masónica.
La Catedral, en cambio, representa el poder religioso.
La escena parece perfecta para una conspiración.
Pero la historia real, como suele ocurrir, es distinta… y
quizá más interesante.
Las estatuas no nacieron en La Plata.
Fueron creadas en Francia, en 1892, por el escultor Mathurin
Moreau, quien realizó unas cuarenta copias que se distribuyeron por distintos
países del mundo. Cada una representaba una estación del año, con detalles delicados
y simbólicos.
Años después, las autoridades platenses adquirieron cuatro de
ellas, y el 23 de marzo de 1912 fueron colocadas en Plaza Moreno.
Pero no estaban como hoy. Miraban hacia los vértices de la
plaza, no hacia la Catedral.
No había cuernos. No había desafío. No había misterio.
Fue recién en 1946, cuando la plaza fue reformada, que las
estatuas cambiaron su orientación. Y desde entonces, comenzaron a mirar hacia
el centro... hacia la Catedral.
Fue entonces cuando alguien, alguna tarde cualquiera, creyó
ver algo extraño.
La figura del Invierno parecía levantar la mano.
Y sus dedos, apenas doblados, parecían formar los famosos cuernitos.
La historia comenzó a correr.
Con el tiempo, la leyenda creció. Algunos aseguraban que era
un gesto intencional. Otros decían que era un símbolo oculto.
Y no faltaron quienes juraban que era una señal masónica.
Sin embargo, la realidad era mucho más simple.
La estatua del Invierno sostiene un ánfora con fuego, símbolo
del calor que protege durante los meses fríos. Su mano, semiabierta,
simplemente resguarda la llama. Los dedos no están extendidos… sino doblados.
Hace años, incluso, algunos vándalos rompieron esas partes,
como si quisieran confirmar la leyenda destruyéndola.
Pero hay un detalle aún más curioso. Antiguamente, los
cuernos no eran vistos como algo malvado.
Al contrario. En tiempos antiguos, cuando alguien era
representado con cuernos se lo llamaba "cornutto", palabra que
significaba inteligencia. El diablo, por ejemplo, no tenía cuernos por maldad…
sino por sabiduría. Los machos cabríos también representaban inteligencia.
Incluso, como las aureolas de los santos, los símbolos apuntaban más al conocimiento
que al bien o al mal.
Quizá entonces… si la estatua realmente hiciera cuernos, no
sería un desafío. Tal vez sería un homenaje.
Hoy, cuando el sol cae sobre Plaza Moreno, y la Catedral se
tiñe de tonos dorados, las cuatro estaciones permanecen en silencio.
Miles de personas pasan sin notar nada. Otros se detienen y
sonríen.
Y algunos, los más curiosos, levantan la vista hacia la
estatua del Invierno… y creen ver, por un instante, esos pequeños cuernos.
Entonces la leyenda vuelve a nacer. Porque en La Plata, incluso las estatuas…
parecen tener algo que decir.
Eduardo Finocchi / 4-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
