La Plata no suele asociarse, en
el imaginario popular, con los grandes mitos de la literatura universal. Sin
embargo, hubo un tiempo —breve, intenso, luminoso— en el que la poesía caminó
sus diagonales con nombre propio. Fue a comienzos de la década del treinta,
cuando Federico García Lorca visitó la ciudad y dejó una huella tan sutil como
perdurable.
Lorca había llegado a la
Argentina en 1933, invitado por amigos, intelectuales y productores teatrales.
Venía del éxito arrollador de Bodas de sangre en Buenos Aires y de un
reconocimiento que lo sorprendía a él mismo. En ese contexto de fervor
cultural, La Plata apareció como una escala natural: ciudad universitaria,
joven, atravesada por el pensamiento crítico y la curiosidad intelectual.
Su paso por ámbitos vinculados a
la Universidad Nacional de La Plata lo puso en contacto directo con estudiantes
y docentes que veían en él no solo a un poeta consagrado, sino a un creador que
hablaba desde la emoción, el misterio y la tradición.
Quienes lo escucharon recordaron
su voz pausada, su manera casi confidencial de decir la poesía, como si cada
palabra fuera dicha por primera vez. Habló del teatro como un hecho colectivo,
del cante jondo, del “duende” —esa fuerza oscura y vital que no se aprende, que
se padece— y de la necesidad de que el arte no pierda contacto con la sangre ni
con la tierra.
No fue una visita larga ni
protocolar. No hubo homenajes grandilocuentes ni placas inaugurales. Pero hubo
algo más difícil de medir: el impacto. Lorca confirmó, con su sola presencia,
que la gran cultura no era un privilegio lejano, sino un diálogo posible,
cercano, casi íntimo.
Años después, cuando la noticia
de su asesinato en España sacudió al mundo en 1936, quienes lo habían visto o
escuchado en La Plata comprendieron que habían sido testigos de algo
irrepetible. El poeta que había hablado de la muerte con tanta lucidez había
sido alcanzado por ella de la forma más brutal.
Eduardo Finocchi / 2-2026
