Como todos los días, cerca de las siete de la mañana —a veces antes— ingresaba a la Cámara de Diputados por el portón de la calle 8. Bajaba al primer subsuelo para marcar tarjeta y luego subía los veintidós escalones hasta la planta baja. De allí, otra escalera: once escalones más que me llevaban al entrepiso, donde se abría la puerta del Palco de Prensa. Detrás de ella estaban las oficinas de la Dirección de Prensa, el Laboratorio de Fotografía y el sector de Video.
Después de tantos años como Jefe de Fotografía, atravesando distintas administraciones, y por la necesidad frecuente de retirar equipos o materiales durante los fines de semana, yo tenía mi propia llave. Ese pequeño privilegio me ahorraba pasar por Mayordomía cada mañana y, sin saberlo, me convertía también en uno de los primeros testigos del edificio cuando aún estaba medio dormido.
Al ingresar a los palcos —en realidad son dos— encendía las luces y, a unos pocos metros, subía tres escalones de madera, siempre crujientes, que conducían a otra puerta, nunca cerrada con llave, hacia las oficinas de prensa.
Una mañana, mientras los tubos fluorescentes tardaban en encenderse, escuché un ruido proveniente del imponente recinto de sesiones. Un sonido leve, casi doméstico, impropio de ese espacio solemne. Las luces terminaron de encenderse y no vi a nadie. Sin embargo, un olor extraño, inconfundible, invadía el ambiente: tinturas, pintura, thinner.
Aquello comenzó a repetirse. Varias mañanas. Durante mucho tiempo. Siempre el mismo ruido. Siempre el mismo olor. Hasta que un día decidí investigar.
Entré con sigilo. Giré la llave despacio y avancé sin prender las luces. El ruido estaba allí, delatando una presencia. El olor era intenso. De pronto, encendí la luz.
Por un instante —apenas un instante— creí ver una figura humana deslizándose entre las bancas de los diputados. En uno de los escritorios, apoyado con descuido, había un cajón con distintos tintes de pintura.
Intenté bajar desde el palco hacia las bancas, como lo hacía cuando ingresé a la Cámara en 1987, pero el cuerpo ya no respondía igual. No pude. Así que fui a Mayordomía a pedir la llave del recinto. Tardaron en dármela; no es una llave que cualquiera pueda usar. Cuando finalmente ingresé… no había nadie. El cajón tampoco estaba.
La escena se repitió varias veces. Yo afinaba el plan, buscaba llegar antes, sorprender al intruso invisible. Hasta que una mañana ocurrió algo distinto.
El viejo lustrador de las bancas estaba allí. Más cerca. Como si me esperara.
Se detuvo un momento. Levantó su trapo amarillo, gastado, manchado por las tinturas de años, y me saludó con la sonrisa de siempre. La misma que yo recordaba de cuando lo fotografiaba mientras trabajaba. Como aquella vez en que la periodista Sonia Reninson me pidió imágenes para un reportaje que luego se publicó en medios nacionales.
Todo sucedió en un parpadeo. En un abrir y cerrar de ojos… ya no estaba.
Nunca me animé a contarlo. No sabía siquiera si ese hombre seguía con vida. Hacía muchos años que se había jubilado.
Hoy observo desde los palcos cómo las empleadas de una empresa tercerizada pasan rápidamente un aerosol lustrador sobre las históricas bancas. Y, sin embargo, siguen viéndose bellas.
Estoy seguro de que es gracias al fantasma del viejo lustrador. Ese que, cada mañana, muy temprano, antes de que comience la actividad, quita el pegote de los aerosoles modernos y lustra a mano cada banca con la tintura justa. Que sigue las vetas de la madera con su trapo amarillo hasta dejarlas como nuevas.
Eduardo Finocchi

