Aquella mañana del 24 de enero de 1887, La Plata era todavía una ciudad joven. Apenas cinco años habían pasado desde su fundación, y las calles todavía olían a ladrillo nuevo, a tierra removida y a promesas de futuro.
La Estación 19 de Noviembre, ubicada frente a la Plaza
San Martín, era uno de los orgullos de la flamante capital. Sus techos altos,
su elegante mansarda y su movimiento constante de pasajeros la convertían en el
corazón de la ciudad que nacía.
Eran las 11:30 de la mañana cuando alguien levantó la vista.
Primero fue una pequeña columna de humo.
Después, una llamarada que escapó por una claraboya.
Y en cuestión de minutos, el fuego comenzó a crecer.
Los empleados ferroviarios salieron corriendo. Los pasajeros
se agolparon en la vereda. Algunos vecinos, desde la plaza, miraban incrédulos
cómo el humo oscuro empezaba a cubrir el cielo de la ciudad nueva.
No había sirenas.
No había camiones.
No había bomberos.
Porque La Plata todavía no tenía un cuerpo organizado para
enfrentar un incendio.
Entonces ocurrió algo que se repetiría muchas veces en la
historia platense: la ciudad se defendió sola.
Vigilantes, guardianes de cárceles, empleados y vecinos
comenzaron a organizarse. Se armó una cadena humana con baldes de agua desde un
pozo cercano. Los hombres corrían, se gritaban indicaciones, intentaban llegar
hasta donde las llamas avanzaban con rapidez.
Pero el fuego no se detenía.
Primero crujieron los techos del ala que daba a la calle 50.
Luego, con un estruendo seco, comenzaron a desplomarse.
El humo se volvió más denso. Las llamas avanzaron por la
calle 7.
Después, hacia la calle 49. La estación ardía.
Los diarios dirían al día siguiente que el espectáculo
"contristó el ánimo público". Y no exageraban. La ciudad entera
parecía haberse detenido frente a aquel incendio.
A las dos de la tarde, los dos cuerpos del edificio estaban
completamente envueltos por el fuego. Ya no había forma de salvarlo. Los
hombres que aún estaban cerca sólo intentaban rescatar muebles, papeles y
objetos del piso bajo, mientras el calor hacía imposible permanecer allí.
La elegante mansarda, orgullo del edificio, fue una de las
primeras en caer. El sonido de las maderas desplomándose resonó por toda la
plaza.
Muchos pensaron que el edificio estaba perdido para siempre.
Pero La Plata era una ciudad que recién empezaba, y no estaba
dispuesta a rendirse.
Después del incendio, comenzaron rápidamente las tareas de
reconstrucción. La estación era demasiado importante para dejarla en ruinas. El
tren era el vínculo con Buenos Aires, con los trabajadores, con los materiales,
con la vida misma de la ciudad.
Y así, apenas unos meses después, el 30 de agosto de 1887, la
estación volvió a abrir sus puertas.
El edificio ya no era exactamente el mismo. La mansarda
elegante había desaparecido. Algunas líneas habían cambiado. Pero seguía allí,
firme, como la ciudad que crecía a su alrededor.
Con los años, la estación dejó de ser estación. Cambió de
funciones, de oficinas, de destinos. Y finalmente se transformó en el espacio
cultural que hoy conocemos como Pasaje Dardo Rocha.
Hoy, quienes cruzan sus galerías, quienes visitan
exposiciones o asisten a un concierto, tal vez no lo sepan.
Pero hace más de un siglo, en ese mismo lugar, una ciudad
joven observó con angustia cómo el fuego devoraba uno de sus edificios más
importantes.
Y también fue ese día, entre humo y baldes de agua, cuando La
Plata comenzó a demostrar que, incluso frente a las llamas, siempre encontraría
la manera de volver a levantarse.
Eduardo Finocchi / 4-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com

