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Un primer trabajo, entre rifas, fútbol y sueños en Gimnasia

 


Hay recuerdos que no envejecen.

Quedan guardados en algún rincón del alma con olor a papel viejo, café de oficina y madera gastada. Y cuando vuelven, lo hacen completos: con sonidos, rostros y hasta silencios.

Así recuerdo mi primer trabajo, por la década del 60. Yo era apenas un muchacho. Menor todavía. Pero en aquellos años las cosas eran distintas y la vida parecía empujar más rápido hacia el mundo de los grandes. Gracias a un bandoneonista amigo de mi padre —Paireti, creo que se llamaba— apareció la oportunidad de entrar a trabajar en una organización llamada Rafer, o algo parecido, que funcionaba en la sede de Club de Gimnasia y Esgrima La Plata de la calle 4.

Allí se distribuía, junto con el Club Náutico Mar del Plata, aquella famosa rifa que muchos recordarán: “La Gran Cruzada de la Esperanza”.
Era enorme. Tenía premios de todo tipo y se pagaba mes a mes. En miles de hogares platenses, alguna vez hubo uno de esos certificados sobre la mesa del comedor.

Todavía me causa gracia pensar que me tomaron sin darse cuenta de que era menor. O quizás sí se daban cuenta… pero en esos tiempos nadie preguntaba demasiado si uno tenía ganas de trabajar.

Mi tarea era sencilla, aunque para mí parecía importantísima. Me daban pilas y pilas de certificados de rifas y yo debía intercalarlos prolijamente por número. Después copiaba el nombre de cada titular en los talones mensuales que los cobradores llevaban casa por casa.

Horas enteras entre papeles. Pero para mí aquello era un mundo nuevo.
Era sentir que ya pertenecía a algo. Que estaba creciendo.

Y entonces apareció la verdadera maravilla. Porque en aquellas oficinas, pasillos y puertas del club, empecé a cruzarme con los jugadores de primera división de Gimnasia. Los veía pasar como quien ve personajes de otro planeta. Para un pibe como yo, aquello era tocar el cielo con las manos.

Todavía puedo ver al “Loco” Ciaccia, durante horas, parado en la puerta del club, con una pierna apoyada contra la pared, mirando vaya uno a saber qué. Como si el tiempo nunca corriera para él.

Y al gran “Turco” Minoián… qué arquerazo. Para mis quince años tenía un físico impresionante. Parecía un gigante.

También estaban los hermanos Bayo, el morrudo Galeano, el serio Rogel, el enorme “Tanque” Rojas… nombres que para mí eran leyendas vivas caminando a pocos metros.

Y como si todo aquello fuera poco para un pibe de mi edad, también empecé a conocer a algunos directivos del club, de la comisión del presidente Laureano Durán, gente muy amable, como el Dr. Cano y el secretario Bejarano, de trato sencillo, que veían en mí a ese muchachito siempre metido entre rifas, talonarios y papeles.

Más de una vez, alguno de ellos me regaló las por entonces famosas entradas “de favor” de la AFA. Aquellos cartoncitos eran un tesoro. Gracias a ellas pude entrar por primera vez a un estadio de fútbol de Primera División y descubrir un mundo que hasta entonces sólo conocía por la radio, los relatos y los diarios.

Todavía siento aquella emoción de subir las escalinatas de madera de la cancha, ver el césped y el murmullo inmenso de la tribuna. Era como entrar a otro universo.

Así pude ver al famoso “Lobo del 62” de Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, aquel equipo inolvidable que quedó grabado para siempre en la historia del fútbol platense. Y también, claro, a mi querido Boca Juniors, el club de mis amores.

Para un muchacho como yo, que recién empezaba a abrirse camino en la vida, aquello era sencillamente maravilloso. No eran sólo partidos de fútbol. Eran recuerdos que empezaban a quedarse para siempre en el corazón.

Yo hacía mi trabajo tratando de no parecer demasiado asombrado. Pero por dentro sentía que estaba viviendo algo extraordinario.

Y hubo un día inolvidable, porque entre aquellos pasillos terminé jugando una partida de ajedrez —otra de mis grandes pasiones— con quien era entonces el campeón platense, García Palermo. Para un pibe como yo, aquello equivalía a sentarse frente a un campeón del mundo.

No recuerdo pero seguramente no gané aquella partida, pero sí recuerdo la emoción.

Hoy, mirando hacia atrás, entiendo que aquel primer empleo fue mucho más que un trabajo. Fue una puerta. Un aprendizaje silencioso. El descubrimiento de la responsabilidad, del compañerismo y de esos pequeños orgullos que uno guarda para siempre.

Tal vez los sueldos eran modestos y las oficinas eran simples.
Tal vez nadie imaginaba que un chico callado, entre pilas de rifas y talonarios, décadas después seguiría recordando todo con tanta ternura.

Pero así son las verdaderas historias de La Plata.

Historias hechas de clubes, de personajes entrañables, de ídolos vistos de cerca y de muchachos que empezaban a hacerse grandes mientras ordenaban papeles soñando con el futuro.

Eduardo Finocchi  5/2026   -   https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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