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La Noche del Festejo del Astillero


Todavía hoy, cuando escucho la palabra “jubilados”, se me eriza la piel. Todo empezó aquella noche del aniversario del Astillero Río Santiago, en Ensenada. Yo era parte de la empresa que habían contratado para el servicio gastronómico, y llegué temprano para supervisar la puesta de mesas. Teníamos todo calculado: ochocientos comensales. Una multitud, sí, pero nada que no hubiéramos manejado antes.

Lo que no calculamos —porque nadie puede calcularlo— es que los jubilados del Astillero venían con espíritu de abordaje, como si estuvieran lanzando un buque al agua. A las cuatro de la tarde, cuando apenas estábamos desplegando manteles, ya empezaban a llegar los primeros, con sus camperas infladas, sus bastones que parecían estandartes y ese paso decidido de quien sabe que primero llega, primero conquista.

Y conquistaron.

Los números de mesa, prolijamente colocados por nosotros, pasaron a manos de ellos como botín de guerra. Los iban levantando, asignando, cambiando de lugar, intercambiando entre amigos, acomodando según afinidades, rencores, rivalidades y viejas historias del astillero. En cuestión de minutos, el salón se transformó en un mapa de territorios ocupados.

Yo caminaba entre las mesas tratando de restaurar algo del orden original, pero cada intento duraba menos de treinta segundos. Cuando lograba poner un número en su lugar, venía otro y me decía:

—No, pibe, acá se sienta la barra de la sección calderería. Ese número va allá, donde está el flaco de recursos humanos.

Y allá se iba el número. Y allá lo cambiaban de nuevo.

Así empezó el primer caos. El segundo cayó como un baldazo.

De los mozos que el Sindicato nos había mandado, faltó la mitad. Y los que sí vinieron, al ver la marea humana que se había multiplicado mágicamente —ya pasábamos los mil comensales—, hicieron lo que cualquier gremialista con experiencia en la vida haría: se declararon en huelga.

—Así no —nos dijeron—. Si hay más gente, hay más plata.

Con mi querido amigo el ex gerente de la empresa gastronómica que trabajábamos tratamos de negociar, de explicar, de suplicar. Pero mientras tanto los jubilados seguían llegando, empujando puertas, pidiendo sillas, moviendo mesas como si fueran remolcadores acomodando contenedores.

Para cuando logramos llegar a un acuerdo —uno caro, doloroso y absolutamente necesario—, el salón parecía una mezcla de feria artesanal, asamblea barrial y romería desbordada. Y recién empezaba la noche.

En una esquina, un señor se descompuso. Primera ambulancia.

En otra, una señora se desmayó por la emoción (o por el calor, o porque le usurparon la silla número 32). Segunda ambulancia.

Y mientras tanto, corríamos con bandejas, tratábamos de emparejar mesas que jamás volverían a su tamaño original y respondíamos a quejas que se multiplicaban como conejos.

Según dicen —porque yo ya no sabía ni cómo me llamaba— hubo dos fallecidos esa noche. No sé si será mito, exageración o verdad trágica, pero después de lo que viví, no descarto nada.

A las tres de la mañana, cuando se apagó la última luz del salón y los últimos héroes del Astillero se iban caminando despacio, yo me dejé caer en una silla. Tenía la camisa empapada, los pies destruidos y el alma flotando en algún lado.

Pero algo sí sabía: esa noche no la iba a olvidar jamás. Fue una mezcla de comedia negra, pesadilla logística y epopeya jubilada. Una película de terror… pero de esas que, con el tiempo, uno termina contando con una sonrisa cansada.

Y cada vez que recuerdo cómo se adueñaban de los números de mesa, pienso lo mismo:

—Estos tipos, aunque estén jubilados… siguen teniendo espíritu de Astillero.

Eduardo Finocchi /  11-2025

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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