Al lago, ese espejo que todos conocemos, alguna vez lo llamaron el “Lago de los Locos”. Y no era una metáfora.
Dicen que fue inaugurado en diciembre de 1904, junto con la gruta que asoma en una de sus cabeceras, y que desde el comienzo ya tenía su isla, ahí nomás, cerca de 57 y 115. Pero lo que más llamaba la atención no era el paisaje, sino quiénes lo habían hecho posible: pacientes del hospicio de Melchor Romero, que con pala y esfuerzo fueron dándole forma a ese lago que hoy parece tan natural como si siempre hubiese estado ahí.
Por eso el apodo. Por eso las risas.
Y por eso también, muchos años después, apareció el “Loco” Noriega.
Noriega era parte del paisaje. Flaco, de saco gastado en verano y en invierno, caminaba alrededor del lago como si patrullara su propia obra. Se paraba a hablar con cualquiera —con chicos, con jubilados, con enamorados— y siempre, en algún momento, soltaba su frase:
—Yo construí el lago.
Las primeras veces, la gente se reía. —Dale, Noriega… —le decían—. Andá.
Y él sonreía, pero no como el que bromea, sino como el que sabe algo que los demás todavía no entienden.
—Yo estuve ahí —insistía—. Cuando esto era barro… cuando el agua se iba por abajo y no quedaba nada.
Algunos lo tomaban por loco. Otros, por fabulador. Los más chicos lo escuchábamos con esa mezcla de duda y fascinación que tienen las historias buenas.
Con el tiempo, uno empieza a atar cabos.
Que sí, que el lago tuvo filtraciones. Que el agua se escapaba por el subsuelo hasta que en 1911 trajeron arcilla desde Berisso para sellarlo. Que en la isla hubo un teatro de madera, allá por 1907, para apenas 180 personas. Que después lo tiraron abajo y levantaron otro más grande, inaugurado en 1915, con palcos y una altura que imponía respeto.
Y que todo eso, como tantas cosas, también se fue apagando. Que el teatro cayó en decadencia en los años ‘30 hasta desaparecer. Que en su lugar, mucho después, nació el Anfiteatro Martín Fierro, inaugurado en 1949 con una noche de gala, música y ballet bajo las estrellas.
Pero Noriega no hablaba de fechas ni de inauguraciones. Él hablaba del barro.
—No sabés lo que era esto —me dijo una vez, señalando el agua quieta—. Nos hundíamos hasta las rodillas… y seguíamos.
“Nos”.
Esa palabra siempre quedaba flotando.
Una tarde, ya más grande, me senté en el borde del lago a mirarlo distinto. Pensé en aquellos hombres del hospicio, trabajando en silencio, construyendo algo que la ciudad iba a disfrutar por generaciones. Pensé en cómo la historia los había resumido en una frase, en un apodo casi burlón.
“El lago de los locos”.
Y de golpe, Noriega dejó de parecerme un personaje.
Capaz no importaba si había estado realmente ahí o no. Capaz su verdad era otra. Capaz él hablaba por todos esos olvidados que cavaron la tierra sin saber que estaban creando uno de los lugares más queridos de La Plata.
Esa tarde, cuando alguien volvió a reírse de él, ya no me causó gracia.
Porque mientras el sol caía sobre el lago y el agua se volvía naranja, pensé que hay historias que necesitan de un “loco” para no desaparecer.
Y que tal vez, después de todo, Noriega no mentía.
Tal vez, de alguna forma, él también había construido el lago.
Eduardo Finocchi / 3-2026 https://historiasendiagonal.blogspot.com
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