Hay nombres que el tiempo no borra del todo. Permanecen, casi en silencio, escondidos entre partituras amarillentas y recuerdos que laten bajo la superficie de la ciudad. Uno de ellos es Juan Serpentini, un músico fundamental de la vida cultural platense de comienzos del siglo XX.
Nacido en Recanati en 1864, Serpentini llegó a la Argentina con su formación europea a cuestas y encontró en La Plata mucho más que un lugar donde vivir: halló una ciudad para amar y musicalizar.
En aulas y salones escolares, su vocación lo convirtió en director de enseñanza musical, formando generaciones de estudiantes. Pero quizás su imagen más persistente sea la de aquellas mañanas solemnes en la Iglesia de San Ponciano, donde fue organista principal. Allí, sus manos hicieron vibrar el aire y acompañaron celebraciones, despedidas y silencios, dejando una marca sonora imposible de olvidar.
Como compositor, Serpentini supo traducir sentimientos en música. Sus Preludios, la obra orquestal La Platense —un verdadero retrato sonoro de la ciudad— y la cantata Caridad, escrita para tres voces iguales, solistas, coro y orquesta, revelan a un creador sensible y profundo, capaz de abarcar lo íntimo y lo colectivo.
Su legado también cruzó fronteras inesperadas. Fue quien puso música al himno oficial del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, con letra de Délfor Méndez. Así, su arte se volvió identidad, pasión y tribuna, acompañando emociones que todavía hoy se cantan con orgullo.
Juan Serpentini falleció en 1937, pero su obra sigue resonando. En cada acorde olvidado, en cada referencia a la historia musical de la ciudad, su figura reaparece como un eco amable del pasado. Porque hay músicos que no solo componen melodías: también componen ciudades.
Eduardo Finocchi / 2-2026
