La fotografía —obra del reconocido fotógrafo Eduardo
Finocchi— se convirtió con el tiempo en la imagen definitiva de aquel episodio
que marcó a fuego la memoria urbana de la ciudad. Publicada y conservada en El
Álbum de La Plata, la foto no sólo documenta un hecho: lo narra.
El instante exacto
Finocchi captura el momento más dramático del siniestro. Las
llamas ya han tomado la mansarda, alimentadas por la estructura de madera del
edificio; el humo cubre el cielo y transforma una tarde común en una escena
apocalíptica. El árbol desnudo en primer plano, la antena al fondo y la cúpula
imperturbable componen una imagen donde el poder institucional parece arder
mientras la ciudad observa.
No hay primeros planos de personas, pero se intuye la
multitud detenida frente a la Plaza San Martín, testigo involuntario de un
hecho que nadie olvidaría.
El día que ardió el poder
El incendio ocurrió el 13 de septiembre de 1974, en horas del
mediodía. El fuego se habría iniciado en la zona de la buhardilla, donde
funcionaban dependencias internas, y se propagó rápidamente por los materiales
combustibles del techo. Durante horas, dotaciones de bomberos combatieron las
llamas en pleno corazón administrativo de la provincia.
No hubo víctimas fatales, pero los daños fueron severos.
Parte del edificio debió ser reconstruida, y durante mucho tiempo el incendio
fue tema obligado de conversación en la ciudad.
Una imagen, muchas lecturas
Aunque nunca se comprobó un atentado, el contexto histórico
potencia la carga simbólica de la foto. La Argentina atravesaba una de sus
etapas más tensas, con violencia política, incertidumbre institucional y un
clima social enrarecido. En ese marco, la imagen de la sede del poder
provincial en llamas quedó grabada como algo más que un accidente.
Con el paso del tiempo, la fotografía de Finocchi dejó de ser
sólo un registro periodístico para transformarse en ícono visual de una época.
Memoria platense
Hoy, más de medio siglo después, la La Plata sigue
reconociéndose en esa imagen. Porque en ella conviven la belleza
arquitectónica, la fragilidad de lo construido y la memoria colectiva de una
ciudad que ha sabido mirarse en sus propias heridas.
La foto permanece. El fuego se apagó. Pero la historia sigue
ardiendo en la memoria.
D.Parcero / EL LEGISLADOR impreso / 1999
