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| Foto: E. Finocchi / 1989 |
“Quiero hacerle un regalo a Evita, pero no quiero que se
entere”, dijo el mentor del proyecto. Y agregó: “Quiero algo original, algo
para los niños”. Quien escuchaba, intrigado, era el arquitecto Jorge Lima. El
autor de aquella idea monumental era el coronel Domingo Alfredo Mercante,
gobernador de la provincia de Buenos Aires, profundamente enamorado de Eva
Perón y convencido de que la infancia merecía un territorio propio.
El proyecto debía hacerse rápido, con la urgencia de los
gestos que quieren sorprender. En 1949, Lima, contagiado por esa adrenalina,
pintó en una sola madrugada una acuarela de la calle principal del parque.
Mercante la miró apenas unos segundos y sentenció: “Es justo lo que quería”. No
había marcha atrás.
En 53 hectáreas entonces en trámite de expropiación al Swift
Golf Club, se levantó una ciudad a escala infantil: centro cívico, área
comercial, zona residencial, campo, industria, ferrocarril y puerto. Todo
pensado para que los chicos aprendieran jugando cómo funcionaba una república.
La obra, a cargo del Instituto Inversor de la Provincia, se construyó con
fondos del Instituto de Previsión Social Bonaerense y con el trabajo febril de
1.600 obreros, muchos de ellos inmigrantes italianos, españoles, yugoslavos y
polacos. Artesanos que vivían allí mismo, entre barracas y comedores, creando
incluso el 60 % de los materiales en el predio.
Los 35 edificios mezclaban estilos medievales europeos e
islámicos, atravesados por la fantasía de Andersen y los hermanos Grimm, por
ecos de Mallory y Tennyson. Nada era accesorio: cada baranda, cada vitral, cada
mueble formaba parte del relato.
En octubre de 1951, los chicos empezaron a pisar esa
República por primera vez. Hubo visitas instructivas y elecciones: Eduardo
Alejandro Bertolo fue el primer presidente infantil. La inauguración oficial
llegó el 26 de noviembre, con fiesta popular abajo del palco y una emoción
contenida arriba, en el balcón de la Casa de Gobierno a escala. Se había
esperado a Evita, ya gravemente enferma. No pudo estar. Falleció siete meses
después. Esa ausencia marcó para siempre el nacimiento del parque.
Estuvieron Juan Domingo Perón, presidente de la Nación, y el
gobernador electo Carlos Vicente Aloé, heredero del sueño de Mercante. También
nació allí una de las leyendas más repetidas: se dice que Walt Disney visitó la
República y que aquella belleza lo inspiró para crear Disneylandia.
Pero como tantas utopías, la República de los Niños conoció
el abandono. En 1953 pasó al Ministerio de Educación de la Nación y se volvió
atracción turística, con edificios vacíos: una Casa de Gobierno sin presidente,
una Legislatura sin legisladores. Tras el golpe de 1955, regresó a la
Provincia. El lago se secó, crecieron las malezas, y en los años siguientes el
predio fue rebautizado, privatizado, intervenido y manoseado. Hubo dictadura,
cesión al municipio platense, promesas de convertirlo en “un nuevo Disneyworld”
y hasta una sucursal del Italpark que ocupó el corazón cívico del lugar.
Las fotos de mediados de los ’80 son elocuentes: yuyales
altos, estructuras vencidas, la tristeza de un sueño sin rumbo. Sin embargo, algo
resistía. Talleres, experiencias educativas, la recuperación democrática y, en
1992, el regreso del gobierno infantil elegido por los alumnos devolvieron
parte del sentido original.
En 1968, como una flor en el desierto, había nacido el Museo
Internacional de los Muñecos, una de las joyas actuales del parque. Y en 2001
llegó un reconocimiento decisivo: el Congreso de la Nación declaró a la
República de los Niños Monumento Histórico Nacional.
Hoy, el predio luce prolijo, vivo, lleno de voces. Pero en cada
rincón persiste una suave melancolía: la de un regalo de cumpleaños pensado
para sorprender a Evita, la de una República imaginada para enseñar democracia
a los chicos, la de un país que a veces olvida y otras veces vuelve. Y vuelve,
como los niños, a jugar.
Eduardo Finocchi / 2-2026
https://historiasendiagonal.blogspot.com
Info investigación: Archivo PBA / 90 líneas / El día

