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La última foto a Don Raúl.


A veces la vida nos regala instantes que no se repiten. Yo, Eduardo Finocchi, lo supe aquella tarde en la Cámara de Diputados de la provincia, cuando todavía trabajaba como jefe de Fotografía. El edificio estaba más luminoso de lo habitual, como si entendiera que ese día iba a ser especial: iban a declarar Ciudadano Ilustre de la Provincia a don Raúl Alfonsín. Nadie imaginaba —o quizás sí, en silencio— que sería su última aparición pública.

Los pasillos hervían de gente. Asesores, legisladores, empleados que buscaban, aunque fuera de lejos, ver al hombre que había devuelto al país a la democracia. Yo tenía la responsabilidad de retratarlo. Y también la emoción muda de quien sabe que está pisando un capítulo de la historia.

Cuando la ceremonia terminó, lo acompañé hasta la oficina de Presidencia. Allí comenzaron las fotos de rigor: funcionarios, militantes, viejos correligionarios, empleados que se animaban a pedirle un instante. Él, ya cansado, les regalaba esa sonrisa entre tímida y noble que siempre lo caracterizó. Yo iba disparando la cámara casi sin pensar, confiando en el oficio, tratando de que cada imagen hiciera justicia a un hombre que ya pertenecía a todos.

Y de pronto, casi como un remanso, quedamos solos. La oficina se había vaciado, el murmullo se había apagado, y él se dejó caer en un sillón con un suspiro largo, de esos que vienen desde adentro.

—Estoy cansado, che… —me dijo sonriendo con un gesto suave—. Ya me quiero ir a Chascomús.

Asentí en silencio. Había en su mirada un cansancio físico, sí, pero también una serenidad profunda. Como quien siente que ya ha hecho lo que tenía que hacer.

Le tomé esa última fotografía, alli sentado, imponente. Me acerqué para guardar la cámara en el bolso cuando, de repente, me sorprendió con su tono travieso, casi pícaro:

—¿Y vos…? ¿No te sacás una foto conmigo?

Se rió como un chico. Esa risa que desarma, que deja al descubierto a la persona más allá del prócer.

Yo, que tantas veces había escondido mis emociones detrás del visor, sentí que la garganta se me cerraba. Y le respondí, como pude, desde el lugar más sincero que encontré:

—No, don Raúl… Ya la tengo. Desde hace rato. Y en el mejor rincón de mi corazón.

Él sonrió, de esas sonrisas que no se olvidan, y me apoyó una mano en el hombro. No hizo falta decir nada más.

Un rato después se fue. Y el eco de su paso por aquel despacho quedó flotando como una bendición. Yo guardé mis cámaras, apagué las luces y me fui también, sabiendo que ese día iba a acompañarme para siempre.

Porque no todos tienen la suerte de fotografiar a un presidente. Pero muy pocos pueden decir que, aunque fuera por un momento, lo miraron a los ojos y sintieron que estaban frente a un hombre bueno y fuera de lo común.

Eduardo Finocchi / 11-2025

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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