Quien camine con atención por el casco fundacional de La Plata quizás no lo note de inmediato. Pero bajo los pies de los peatones existe un pequeño código urbano que forma parte de la identidad de la ciudad desde hace más de un siglo.
Se trata de las baldosas de las veredas platenses, esas piezas de cemento que durante décadas acompañaron la vida cotidiana de generaciones de vecinos.
Desde hace mucho tiempo, el centro de la ciudad conserva un curioso sistema de colores que muchos platenses reconocen, aunque pocos conocen su origen. En algunas cuadras predominan las baldosas amarillas con guarda roja; en otras aparecen las grises con guarda azul. Lejos de ser un detalle decorativo, ese contraste responde a una lógica urbana pensada desde los primeros años de la ciudad.
La Plata fue fundada en 1882 como una ciudad moderna, planificada con precisión geométrica. Sus diseñadores imaginaron un espacio donde todo respondiera a un orden claro: calles numeradas, diagonales que atraviesan la cuadrícula perfecta y plazas distribuidas regularmente. Dentro de esa misma filosofía nació la idea de que la ciudad también pudiera leerse desde el suelo.
Así surgió un sencillo código visual:
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Calles pares: baldosas amarillas con rojo.
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Calles impares: baldosas grises con azul.
De esta manera, incluso sin mirar los carteles de las esquinas, el peatón podía identificar fácilmente de qué lado de la numeración se encontraba.
Pero las líneas de color tenían además otra función práctica. En muchas veredas del casco fundacional las franjas estaban ubicadas aproximadamente a unos veinte centímetros de los bordes de la vereda. La línea cercana a la pared servía como una referencia de seguridad, ya que indicaba el límite a partir del cual podían aparecer balcones o salientes de las construcciones, evitando golpes accidentales al caminar.
Por su parte, la franja ubicada a unos veinte centímetros del cordón advertía que el peatón se acercaba al borde de la vereda, señalando la proximidad de la calle.
El diseño también distinguía el tipo de vía. En las avenidas, las baldosas presentan las clásicas estrías llamadas vainillas o bastones, mientras que en las calles comunes aparecen las tradicionales baldosas cuadriculadas de nueve panes. Así, mirando el suelo, un observador atento podía saber si caminaba por una avenida o por una calle.
Las piezas estaban hechas de cemento calcáreo prensado, un material moderno para fines del siglo XIX que permitía fabricar baldosas resistentes, económicas y con colores incorporados al propio material. Gracias a esta tecnología se pudieron pavimentar rápidamente las veredas de una ciudad que crecía a gran velocidad.
Con el paso de los años muchas veredas fueron reparadas, cambiadas o cubiertas por nuevos materiales. Sin embargo, en numerosas cuadras del centro todavía sobreviven estas baldosas que han visto pasar generaciones de platenses.
Quizás por eso tengan algo de memoria urbana. Han acompañado pasos apurados, conversaciones de barrio, bicicletas antiguas y juegos de niños que hoy ya son abuelos.
Son, en definitiva, un pequeño mapa escondido bajo nuestros pies, una señal silenciosa de aquella ciudad pensada con precisión casi matemática. Y como tantas cosas de La Plata, siguen allí todos los días, esperando que alguien se detenga un instante… y mire hacia abajo.
Eduardo Finocchi / 3-2026
