¿Por qué, a más de medio siglo, sigue sin saberse quién estuvo detrás del lente?
La historia de la fotografía está repleta de imágenes que se
volvieron íconos culturales mientras que el nombre de sus autores se esfumó
entre archivos incompletos, créditos perdidos y catálogos que nunca se
actualizaron.
A mi particularmente, como fotógrafo Institucional, me ha
pasado que, durante mis años de trabajo, tomé fotografías de gente muy conocida
en diferentes actos, congresos, visitas de personalidades, y aunque la imagen
aparecía en innumerables medios periodísticos, era muy común que mi nombre no
apareciera, salvo honrosas excepciones.
Algo de ese misterio envuelve a la famosa imagen de la joven
enfermera —reproducida en afiches, campañas de salud, manuales escolares y
hasta publicidad institucional— cuya sonrisa calma y gesto profesional recorrieron
décadas. La foto es reconocida por muchos; el nombre del fotógrafo, por casi
nadie.
Lo sorprendente es que, pese a la masividad de la imagen, no
existe un registro concluyente que permita determinar quién la tomó. Una de las
pistas más persistentes la vincula a Juan Craichik, un profesional activo desde
mediados del siglo XX y muy prolífico en ámbitos de prensa, publicidad y
fotografía institucional.
Pero Craichik no era fotógrafo (como figura en muchas notas periodísticas) sino el jefe de visitadores
médicos en la empresa Taranto, un laboratorio / fábrica de instrumental médico.
Solo fue el ideólogo del proyecto. Y aunque su apellido aparece de manera
esporádica asociado a la imagen, fue lo que llevó a algunos investigadores a
sospechar que podría ser el autor. Pero la falta de documentación comprobable
vuelve la hipótesis frágil.
Según él, la idea surgió en 1953, durante una visita a un
hospital en Rosario. Observó que había mucho ruido en las salas de espera y que
las enfermeras intentaban pedir silencio en vano.
Propuso crear una imagen “elocuente” para recordar a la gente
que debe bajar la voz.
Presentó la idea a su empresa (Taranto), que lo apoyó. En la producción de la campaña convocaron a
varias modelos profesionales para la sesión. Finalmente fue elegida Muriel
Mercedes Wabney, una modelo argentina.
Craichik describió a Muriel como alguien de “rostro distinto,
suave, armonioso, de mirada dulce … autoritariamente dulce”.
La sesión duró toda una tarde; luego revelaron los negativos
y eligieron la imagen más conocida. Decidieron titularla: “Silencio
hospitalario”.
Las notas periodísticas y blogs coinciden en la historia,
pero ninguna da el nombre del autor de la toma.
Solo hay una anécdota que cuenta la revista Paralelo 38 (nota
publicada en torno al 5 de septiembre de 1970, número 321), donde Juan Craichik
contó el origen de la campaña y entregó duplicados de los negativos al
periodista. Esa nota es el mejor documento primario conocido hasta ahora.
En esa nota y otras investigaciones apuntan que la sesión se
realizó en el estudio Graf & Kitzler (Callao 441, Buenos Aires), donde se
hizo el casting y la sesión fotográfica; por tanto, el crédito más plausible
—si existe— estará vinculado al estudio Graf & Kitzler o a algún fotógrafo
que trabajaba allí. Pero los artículos consultados no nombran al fotógrafo
individual.
Según Craichik, la imagen no se vendió con fines comerciales
—la empresa “Taranto” la regaló a hospitales, maternidades, clínicas, salas de
espera, para que se colgara como recordatorio de silencio.
Con el tiempo, la foto se viralizó y se usó en muchos centros
de salud, incluso fuera de nuestro País.
La búsqueda en archivos de prensa, una fuente habitual para
reconstruir créditos fotográficos, tampoco ofrece certezas. Muchas redacciones
de la época no registraban autorías de modo sistemático y, en los casos en que
lo hacían, esos materiales no siempre se conservaron. A eso se suma que las
agencias —cuando actuaban como intermediarias— solían republicar imágenes sin
atribución, privilegiando el uso masivo por sobre la firma personal.
Los catálogos publicitarios y manuales de imagen
institucional representan otra posible pista. En estos documentos, cuando se
mencionaba al fotógrafo, solía hacerse en letra pequeña o en planillas internas
que raramente se digitalizaron.
La ausencia de certezas convierte al caso en un ejemplo
clásico del problema histórico de la fotografía: cuando la obra crece más que
la firma. La enfermera fotografiada se transformó en símbolo, pero el autor
quedó atrás, diluido en el anonimato que la industria gráfica del siglo XX
dejaba como saldo habitual.
¿Fue Juan Craichik el responsable? ¿O algún otro profesional
de la época cuya huella se perdió en el tránsito editorial? Hoy, sin registros
definitivos, la pregunta sigue abierta.
Mientras tanto, la imagen continúa circulando, intacta y
vigente, recordándonos que la historia de la fotografía —como tantas otras—
está hecha tanto de luces como de sombras. Y que detrás de cada ícono puede
haber un nombre que aún espera ser encontrado.
Eduardo Finocchi / 11-2025
