El sábado el trajín empezó temprano. Ver entrar el Bass-Pipe
a Vara o la Mandocleta por la boca del escenario era un desafío logístico. Pero
lo que más me sorprendió no fue la complejidad de sus instrumentos, sino la de
sus personas.
Mientras acomodaba algún set entre bambalinas, se acercó uno
de ellos. Fue Marcos Mundstock con su vozarrón preguntando por un detalle del
pie de micrófono y Daniel Rabinovich regalándome una broma rápida para romper el
hielo. No eran "estrellas" distantes; eran trabajadores del
espectáculo.
Recuerdo las cuatro funciones. Dos el sábado y dos el domingo. Yo pedí estar de guardia esos días. Los quería ver de cerca.
El teatro vibraba. Desde mi puesto, al costado de las patas, veía el perfil de la platea que estallada de risa, pero mi vista privilegiada
era otra: el sudor de los artistas al salir de escena, el cambio rápido de
vestuario y el respeto absoluto con el que trataban a cada técnico.
"Maestro, -me decían- ¿nos ayuda con esto?", siempre con esa humildad de siempre.
En el domingo para la cuarta función, ya se sentían como
viejos conocidos. El cansancio de las dos funciones seguidas se borraba con un
café compartido o una charla breve sobre el mecanismo de alguna tramoya. Al
terminar, antes de que el camión de la gira se llevara los bártulos, me
firmaron la foto.
Ellos, con la caballerosidad que los caracterizaba, se
amontonaron para firmar. "Para el maquinista", de puño y letra. Me
dieron la mano, me agradecieron el esfuerzo de haberles cuidado las espaldas (y
los decorados) durante todo el fin de semana y se marcharon, dejando en el
Teatro Argentino un eco de risas que, todavía no se apaga.
Es emocionante pensar que esta foto que me quedó como un gran
recuerdo, sobrevivió al incendio del teatro en 1977 siendo literalmente, un
sobreviviente de la mejor época del espectáculo nacional en el que tuve la suerte
de estar.
Eduardo Finocchi / 3-2026
