En una ciudad que todavía olía a ladrillos nuevos y a eucaliptos recién plantados, La Plata aprendió muy pronto a hablar a distancia. Era el siglo XIX y la ciudad, fundada en 1882, avanzaba con la ansiedad de las utopías jóvenes: avenidas geométricas, plazas simétricas y una fe casi ciega en el porvenir. No sorprendió entonces que, apenas cinco años después, el murmullo invisible de la telefonía empezara a recorrerla.
Los días 20 y 24 de agosto de 1887 quedaron marcados como una novedad asombrosa: se inauguraban oficialmente los servicios telefónicos y telegráficos. Por primera vez, una voz podía viajar sin carruaje ni carta, cruzando el aire hasta Buenos Aires o hasta Ensenada. Incluso antes de ese acto formal, en 1886, ya se había realizado la primera comunicación telefónica de larga distancia del país entre Buenos Aires y La Plata, como un ensayo tímido de lo que vendría.
El teléfono, sin embargo, no era un objeto cotidiano. Era raro, costoso, casi ceremonial. No se lo encontraba en todas las casas, sino en oficinas, instituciones y en algunas residencias privilegiadas. Los aparatos no marcaban números: se levantaba el auricular y una operadora, desde una central llena de cables y clavijas, unía manualmente dos destinos. Cada llamada era una pequeña espera, una negociación humana antes de que la voz apareciera al otro lado.
Detrás de esos primeros hilos estaba el poder extranjero. La telefonía argentina de fines del siglo XIX estaba dominada por empresas de afuera, entre ellas la influyente United River Plate Telephone Company, de capitales ingleses, que extendió sus líneas por varias ciudades y también por La Plata. Eran tiempos en los que la modernidad llegaba en barcos y se instalaba con nombres en otro idioma.
Mientras tanto, en Buenos Aires, el primer teléfono oficial del país había sido instalado en 1881 en la residencia del ministro Bernardo de Irigoyen y en algunos edificios gubernamentales. Pero fue la comunidad platense la que, casi de inmediato, lo adoptó como servicio público. La ciudad joven no quiso quedarse escuchando desde lejos: quiso hablar.
El siglo XX trajo cambios constantes. Las operadoras dieron paso a las centralitas automáticas; las líneas crecieron, se cruzaron, se multiplicaron. Más tarde llegaron la nacionalización, la modernización, los sistemas digitales. Y finalmente, sin que casi nos diéramos cuenta, el teléfono dejó de estar atado a un cable y pasó a vivir en el bolsillo.
Hoy, más de un siglo después, la escena es otra. En las plazas donde antes se comentaba con asombro que “en tal casa hay teléfono”, ahora todos caminan mirando una pantalla. Adultos, jóvenes y hasta niños sostienen un rectángulo luminoso que concentra voces, imágenes y silencios. Ya no esperamos a que una operadora nos conecte: estamos conectados todo el tiempo.
Y sin embargo, algo se ha vuelto más lejano. Aquellas primeras llamadas eran pocas, caras y esperadas; por eso se hablaba despacio, con cuidado, como si la voz fuera un tesoro frágil. Hoy, rodeados de mensajes instantáneos, notificaciones y audios que se pierden en segundos, tal vez hablamos más pero escuchamos menos.
La Plata fue una de las primeras ciudades en animarse a hablar a través de hilos invisibles. Quizás el desafío actual sea otro: aprender, en medio del ruido digital, a volver a escuchar. Porque en una época en la que todos —hasta los niños— llevan un teléfono en la mano, la verdadera distancia no siempre se mide en kilómetros, sino en la atención que todavía somos capaces de regalarnos.
Eduardo Finocchi / 2-2026
