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Cuando festejamos un título que no era nuestro.Por Eduardo Finocchi


 

La Plata vivía días distintos en aquel octubre de 1968.

La ciudad entera parecía respirar fútbol.

El 16 de octubre, en la lejana Inglaterra, Estudiantes de La Plata había derrotado al poderoso Manchester United y se había quedado con la Copa Intercontinental 1968. Para una ciudad orgullosa de su identidad, aquello era más que un triunfo deportivo: era una hazaña.

Durante días, las radios repitieron la noticia como si fuera una canción.
En los bares, en las oficinas públicas, en los colegios, en las veredas… no se hablaba de otra cosa.

Y cuando se supo que los campeones volverían a la ciudad el 22 de octubre, La Plata se preparó para una fiesta que nadie olvidaría.

Pero esta historia no empieza en el centro. Empieza mucho más lejos.

Empieza en El Cruce de 13 y 522, en las afueras de la ciudad, donde un grupo de pibes del barrio miraba pasar los camiones que iban rumbo al centro para sumarse a la caravana.

Éramos nosotros. El Flaco Horacio Prieto, Osvaldo Goggi, mi hermano Juan Carlos y yo.

Como todos los muchachos de barrio, teníamos nuestras camisetas bien claras:

Horacio y Osvaldo eran triperos de ley, hinchas de Gimnasia y Esgrima La Plata.

Mi hermano era de River Plate.


Y yo, sin discusión posible, era de Boca Juniors. Pincha, ninguno.

Pero aquella tarde eso parecía no importar demasiado.

De pronto apareció un camión cargado de gente, banderas rojas y blancas, bombos y cantos que venían desde el centro. Alguien gritó:

—¡Vamos, súbanse!

Y allá fuimos.

Nos trepamos al camión entre risas, empujones y la inconsciencia maravillosa de los pibes que no piensan demasiado las cosas.

El camión arrancó rumbo al centro y la ciudad empezó a cambiar delante de nuestros ojos.

En cada esquina se sumaba más gente.

Las banderas colgaban de los balcones.

Las calles eran un río humano.

En algún momento, mientras avanzábamos entre cantos, el Flaco Prieto nos miró y dijo lo que todos estábamos pensando.

—Che… pará… ¿ustedes se dieron cuenta de algo?

Nos miramos.

Y entonces caímos en la cuenta.

Ninguno de nosotros era de Estudiantes.

Ni uno.

Dos de Gimnasia, uno de River y otro de Boca.

Y sin embargo ahí estábamos, arriba de un camión rojo y blanco, cantando con una ciudad entera que celebraba algo que ya era más grande que una camiseta.

Nos miramos y estallamos de risa.

Porque en realidad lo entendimos enseguida.

Aquella no era solamente una victoria de un club.

Era una victoria de La Plata.

Mientras tanto, en el centro, las calles estaban desbordadas. En 7 y 50, en la sede de calle 53, en cada rincón de la ciudad, miles de personas celebraban el regreso del equipo dirigido por Osvaldo Zubeldía y capitaneado por Oscar Malbernat.

Cuando el micro con los campeones finalmente llegó desde Ezeiza, después de un viaje interminable entre multitudes, la ciudad explotó de alegría.

Nunca —dijeron los diarios al día siguiente— La Plata había sido tan feliz.

Y tal vez tenían razón. Muchos años pasaron desde aquel día.

Los nombres del fútbol quedaron en los libros y en las vitrinas.
La ciudad cambió.

Los barrios cambiaron.

Pero cada tanto, cuando sentado frente al Reloj de Sol de  13 y 522, me acuerdo de aquel camión.

Del Flaco Prieto, (mi amigo el Dr.) de Osvaldo Goggi, de mi hermano Juan Carlos…(Dios lo tenga en el mejor lugar) y de nosotros cuatro riéndonos al descubrir que ninguno era pincha.

Y sin embargo, por unas horas, festejamos como si lo fuéramos.

Porque en aquella tarde de 1968, en medio de una ciudad que cantaba, entendimos algo que hoy parece imposible:

que el fútbol también podía ser simplemente una alegría compartida.


Eduardo Finocchi / 3-2026  -  https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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