En algún rincón tranquilo de la ciudad de La Plata, cuando la
mañana todavía bosteza y el ruido cotidiano aún no invade las calles, un viejo
locutor nacional enciende cada día una pequeña luz roja sobre su escritorio. No
es una gran consola ni un estudio moderno. Es apenas un micrófono fiel, como su
amada esposa que lo ayuda, algunos papeles prolijamente acomodados y una taza
de café que humea como compañera silenciosa.
Así comienza, día tras día, EL ARCÓN DE RUBÉN.
Dicen quienes conocen a Ruben Rassio, que no importa si llueve, hace frío
o si la ciudad amanece apurada. Él siempre está allí. Porque para este viejo
locutor, la radio no es un trabajo… es un compromiso con la memoria, con las
historias y con la gente.
Con voz pausada, cálida y con ese tono inconfundible de las
viejas radios nacionales, empieza a desgranar recuerdos, anécdotas y personajes
que parecen salir de un baúl lleno de emociones. No hay prisa. No hay
estridencias. Solo palabras que acarician.
Cuando termina de grabar su columna, la guarda con el mismo
cuidado con que antes se protegían los discos de pasta. Luego la envía a
distintas radios amigas, donde operadores y conductores ya la esperan como una
pequeña joya diaria.
Y entonces ocurre algo mágico.
En las emisoras como por ejemplo nuestra querida RADIO
ROCHA de La Plata, comienza a sonar EL
ARCÓN DE RUBÉN. Y del otro lado, oyentes de distintas edades hacen
silencio. Algunos con el mate recién cebado. Otros manejando temprano rumbo al
trabajo. Otros simplemente esperando ese momento que ya se volvió costumbre.
Porque saben que allí, en ese espacio, siempre aparecen dos
nombres que el viejo locutor jamás deja de recordar con admiración y cariño.
El primero, el Doctor René Favaloro, ejemplo de
humildad, vocación y grandeza. Cada vez que lo menciona, su voz se vuelve más
profunda, como si hablara de un amigo cercano, de esos que dejan huellas
imborrables.
El segundo, el querido Alberto Cortez, el cantor
pampeano de las emociones simples, de las canciones que se vuelven eternas.
Entonces, muchas veces, el locutor deja sonar unos segundos de música, y parece
que la radio entera respira nostalgia.
Así, entre recuerdos, historias y emociones, el viejo locutor
sigue cada día abriendo su arcón imaginario. Un arcón donde viven las cosas
buenas, las voces queridas y los valores que nunca pasan de moda.
Y mientras haya oyentes esperando con ansiedad y cariño, él
seguirá allí, encendiendo cada mañana esa pequeña luz roja.
Porque sabe que, en algún lugar, alguien está esperando que se abra una vez más… EL ARCÓN DE RUBÉN.
Eduardo Finocchi / 4-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
