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| El mellizo B. Schelotto y "Pancho" Varallo en el Salón de los Escudos de la HCD - Foto: E.Finocchi |
Aquella mañana en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata, yo como jefe de fotografía, iba a fotografiar un acto más. De esos que se suceden uno tras otro en los salones oficiales.
Pero lo que no imaginaba era
que, en cuestión de minutos, iba a tener frente a mi cámara a dos nombres que
pertenecen a la historia grande del fútbol argentino.
Primero apareció Guillermo Barros Schelotto, el mellizo. Con
su andar tranquilo y esa sonrisa pícara que tantas veces se vio en las canchas.
Para muchos, uno de los grandes ídolos de Boca Juniors, el club más grande de
la Argentina. Campeón de todo, figura de una época inolvidable.
Y unos minutos después llegó él.
Entró despacio, rodeado de respeto, como si el tiempo
caminara a su lado: Francisco Varallo, “Pancho”, el mítico goleador de Gimnasia
y Esgrima La Plata, el último sobreviviente de aquel Mundial de 1930, un pedazo
vivo de la historia del fútbol.
Cuando los vi juntos, supe que tenía delante una escena
irrepetible.
Ajusté la cámara casi por reflejo.
Dos generaciones separadas por más de medio siglo estaban
frente a frente. Pero había algo más profundo que los unía: los dos habían
vestido las mismas camisetas.
Los dos habían jugado en el querido Gimnasia y Esgrima La
Plata, el Lobo de nuestra ciudad.
Y los dos también habían defendido la azul y oro de Boca
Juniors.
En ese instante pensé que el fútbol tiene esas maravillas:
une épocas que jamás se cruzaron en una cancha, pero sí en la memoria
colectiva.
Pancho Varallo representaba el fútbol de los años heroicos.
Canchas de tierra, pelotas pesadas y viajes interminables. Un goleador
implacable que hizo historia primero en Gimnasia y luego en Boca.
El Mellizo, en cambio, era el símbolo de otra era: la de la
televisión global, las copas internacionales y las multitudes festejando en la
Bombonera.
Pero cuando se miraron y se saludaron, no había distancia
entre ellos. Solo respeto. Solo fútbol.
En ese momento levanté la cámara. Disparé.
Y supe que no estaba tomando simplemente una foto.
Estaba congelando un instante donde dos glorias que unieron a
Gimnasia y a Boca compartían el mismo espacio, el mismo saludo y la misma
pasión.
A veces, el trabajo de fotógrafo tiene momentos así, tiene esos regalos, más aún para mi, siendo hincha de Boca…
Porque en ese instante, dentro del edificio solemne de la política, el tiempo pareció detenerse.
De un lado estaba el Mellizo, gloria moderna, del otro, Pancho Varallo, leyenda eterna y en medio de ese saludo, toda la historia del fútbol argentino...
Yo solo tuve que hacer lo que hago desde hace tantos años: apretar el disparador… y guardar para siempre ese momento de la historia.
