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| RECREACIÓN - |
Mi padre, el pianista Alfredo Finocchi, estaba en casa cuando
golpearon la puerta. Venían dos amigos entrañables: el “Gordo” Juan Bautista Devoto,
subsecretario de Cultura de la Provincia, y el doctor Luis Guerello, juez y hombre de
profunda sensibilidad cultural, (creador del tango "Señor del Compás" para D’Arienzo que mi
padre le ayudó a componer). Pero aquella visita traía una sorpresa imposible de
olvidar: junto a ellos estaba nada menos que Julián Centeya.
Dicen que hay personas que apenas entran a un lugar modifican
el aire. Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella tarde. Centeya no
necesitaba imponerse; bastaba su presencia. Traía consigo esa mezcla de barrio,
bohemia y madrugada que lo convirtió en una figura legendaria del tango y la
poesía lunfarda.
La casa se transformó enseguida en una pequeña peña
improvisada. Mi viejo se sentó al piano y comenzó a desgranar tangos como quien
conversa con viejos amigos. Las teclas sonaban cálidas en el comedor familiar
mientras Julián, apoyado en una silla, recitaba versos, contaba historias y largaba
anécdotas con esa voz cargada de noche porteña.
Entre risas y cafés apareció una de esas historias que
retrataban perfectamente al personaje. Contaba Centeya que muchas veces lo
llevaban a Canal 9, al programa de Silvio Soldán, casi “a cambio de un café”.
Lo decía entre ironías y carcajadas, como quien ya entendía que la fama
tanguera tenía más de pasión que de dinero. Y mientras hablaba, todos
escuchaban fascinados, porque no era solamente lo que decía… era cómo lo decía.
Aquella reunión fue tomando el clima de las antiguas
tertulias criollas. Afuera, La Plata seguía con su ritmo habitual, los tranvías
ya eran recuerdo y la ciudad avanzaba hacia otra época. Pero dentro de esa casa
el tiempo parecía detenido. El tango volvía a ser algo íntimo, cercano, humano.
Quizás lo más extraordinario de aquella tarde fue justamente
su sencillez. No hubo prensa ni fotografías oficiales. Solo músicos, amigos y
palabras compartidas. Sin embargo, esos encuentros pequeños son los que
terminan construyendo la verdadera memoria cultural de una ciudad.
Porque La Plata siempre tuvo algo de refugio para artistas,
poetas y soñadores. Y durante unas horas, en aquella casa de barrio, el
espíritu del tango más auténtico encontró un rincón donde quedarse.
Hoy, al recordar aquella visita de Julián Centeya, no solo
vuelve a la memoria un personaje célebre. Vuelve también una forma de vivir la
amistad, la cultura y la música. Una época donde bastaban un piano, un café y
unas ganas inmensas de compartir para crear un día inolvidable.
Eduardo Finocchi 5/2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
