.

El día que Julián Centeya apareció en mi casa de La Plata.

 

RECREACIÓN -


En una vieja casa de La Plata, en la esquina íntima de 14 y 35, una tarde cualquiera terminó convirtiéndose en una de esas escenas que parecen arrancadas de una novela porteña de humo, café y bandoneón. No hubo escenario ni micrófonos. Tampoco cámaras. Solo amigos, tango y un momento irrepetible que quedó grabado para siempre en la memoria familiar.

Mi padre, el pianista Alfredo Finocchi, estaba en casa cuando golpearon la puerta. Venían dos amigos entrañables: el “Gordo” Juan Bautista Devoto, subsecretario de Cultura de la Provincia, y el doctor Luis Guerello, juez y hombre de profunda sensibilidad cultural, (creador del tango "Señor del Compás" para D’Arienzo que mi padre le ayudó a componer). Pero aquella visita traía una sorpresa imposible de olvidar: junto a ellos estaba nada menos que Julián Centeya.

Dicen que hay personas que apenas entran a un lugar modifican el aire. Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella tarde. Centeya no necesitaba imponerse; bastaba su presencia. Traía consigo esa mezcla de barrio, bohemia y madrugada que lo convirtió en una figura legendaria del tango y la poesía lunfarda.

La casa se transformó enseguida en una pequeña peña improvisada. Mi viejo se sentó al piano y comenzó a desgranar tangos como quien conversa con viejos amigos. Las teclas sonaban cálidas en el comedor familiar mientras Julián, apoyado en una silla, recitaba versos, contaba historias y largaba anécdotas con esa voz cargada de noche porteña.

Entre risas y cafés apareció una de esas historias que retrataban perfectamente al personaje. Contaba Centeya que muchas veces lo llevaban a Canal 9, al programa de Silvio Soldán, casi “a cambio de un café”. Lo decía entre ironías y carcajadas, como quien ya entendía que la fama tanguera tenía más de pasión que de dinero. Y mientras hablaba, todos escuchaban fascinados, porque no era solamente lo que decía… era cómo lo decía.

Aquella reunión fue tomando el clima de las antiguas tertulias criollas. Afuera, La Plata seguía con su ritmo habitual, los tranvías ya eran recuerdo y la ciudad avanzaba hacia otra época. Pero dentro de esa casa el tiempo parecía detenido. El tango volvía a ser algo íntimo, cercano, humano.

Quizás lo más extraordinario de aquella tarde fue justamente su sencillez. No hubo prensa ni fotografías oficiales. Solo músicos, amigos y palabras compartidas. Sin embargo, esos encuentros pequeños son los que terminan construyendo la verdadera memoria cultural de una ciudad.

Porque La Plata siempre tuvo algo de refugio para artistas, poetas y soñadores. Y durante unas horas, en aquella casa de barrio, el espíritu del tango más auténtico encontró un rincón donde quedarse.

Hoy, al recordar aquella visita de Julián Centeya, no solo vuelve a la memoria un personaje célebre. Vuelve también una forma de vivir la amistad, la cultura y la música. Una época donde bastaban un piano, un café y unas ganas inmensas de compartir para crear un día inolvidable.

Eduardo Finocchi 5/2026  -  https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit