Mucho antes de que las pantallas fueran parte natural del paisaje cotidiano, La Plata ya miraba, curiosa, hacia el futuro. Así lo registró una extensa nota publicada el 16 de octubre de 1951 por el Diario El Día, bajo un título que hoy suena casi fundacional: “La Plata es una de las primeras ciudades del país que ha disfrutado de los beneficios de la televisión”.
En aquel artículo, que llegó
hasta nuestros días gracias al valioso archivo conservado por el hijo del señor
Juan Vaich, se detallaba con precisión técnica y entusiasmo social cómo la
ciudad se encontraba dentro del radio de recepción de las primeras imágenes
televisadas emitidas por Canal 7, entonces aún en etapa experimental. La televisión
era una novedad absoluta, una promesa luminosa.
El protagonista de esa historia
fue el señor Juan Vaich, propietario de la casa Supertex, ubicada en la calle
51 entre 4 y 5. Allí instaló uno de los primeros televisores que funcionaron en
la ciudad, permitiendo que vecinos y curiosos se acercaran a observar —casi
incrédulos— aquellas imágenes que llegaban desde Buenos Aires. El comercio se
transformó, por un tiempo, en un pequeño teatro del porvenir.
La nota de El Día cuenta además
que Vaich ya había vendido varios aparatos en La Plata y localidades vecinas,
anticipando que la televisión pronto dejaría de ser un espectáculo público para
ingresar en los hogares. Como agente exclusivo de los televisores Capehart, el
comerciante explicaba con paciencia su funcionamiento: controles de volumen,
brillo, contraste y sintonización, y aclaraba un mito frecuente de la época —no
era posible aún adaptar una simple radio para recibir imágenes—. Todo tenía su
ciencia, pero también su magia.
Décadas más tarde, ese mismo local volvería a marcar otra historia personal y silenciosa. Porque fue allí, en Supertex, donde compré mi primera cámara fotográfica: una Yashica analógica, modelo Minister 700. Con ella hice mis primeras fotos, mis primeros encargos, mis primeros errores y aprendizajes. Mientras La Plata había descubierto la televisión mirando una pantalla compartida, yo comenzaba a mirar el mundo a través de un visor, cuadro por cuadro, luz por luz.
Hoy, cuando las imágenes nos
rodean y nos persiguen en cada teléfono, cuesta imaginar aquella escena: gente
reunida frente a un televisor en un comercio del centro, asombrada por sombras
en movimiento. Y también cuesta recordar el peso exacto de una cámara mecánica
entre las manos, el sonido seco del obturador, la espera del revelado.
Pero todo empezó ahí. En una
ciudad pionera, en una vidriera, en una casa llamada Supertex. Donde La Plata
vio por primera vez televisión… y algunos comenzamos a ver todo desde el visor de una cámara fotográfica.
Eduardo Finocchi / 2-2026

