Nunca pensé que volvería al Teatro Argentino de La Plata de esa manera. Soy Eduardo Finocchi y esta fue mi historia.
Después de mi despido, por el insensible gobierno militar, unos
meses antes, había evitado pasar por la manzana. No por rencor; más bien por
una mezcla de nostalgia y herida. Había sido mi casa, mi rutina, mi mundo. Y cuando
uno pierde un mundo, prefiere no rozarlo siquiera con la mirada.
Pero aquel día de octubre de 1977, el destino me llevó de
nuevo a esa esquina.
Era alrededor de las dos de la tarde. Yo había ido a la
Municipalidad de La Plata y como era supervisor de la empresa gastronómica que
proveía a la comuna, podía ingresar por calle 11 por lo yanto había estacionado
mi viejo Citroen 2CV en la esquina de 10 y 51, justo frente al teatro.
Bajé del auto, mirando ese edificio enorme que me conocía
mejor que muchos amigos. Pensé en mi viejo, en Pepe. Ellos sí estaban adentro:
mi padre con su piano, mi hermano en el área de sonido bajo el escenario
principal. Me imaginé sus rutinas, los pasillos, ese olor a madera, a telón
antiguo… y sentí un nudo raro, una especie de punzada en el pecho.
No sabía que en cuestión de minutos todo iba a cambiar.
Había dado apenas unos pasos cuando escuché un ruido sordo,
como un golpe que resonó desde adentro del edificio. Me detuve. Después llegó
el olor: un aroma caliente, agresivo, como papel quemándose antes de que aparezca
el humo.
Entonces lo vi.
Desde una de las aberturas superiores – donde yo sabía que
estaba escenografía, con todos sus telones y pinturas, - salió una pequeña
bocanada de humo. Minúscula al principio, pero demasiado oscura. Algo adentro
mío se encendió antes que el fuego mismo: un presentimiento feroz.
Me quedé helado en la vereda. Miraba esa columna de humo
crecer con una velocidad imposible, como si el teatro estuviera inhalando y
exhalando llamas. Y en ese instante entendí: mi familia estaba ahí adentro.
No pensé, no dudé. Crucé la calle casi sin mirar, esquivando
autos, como si mis piernas supieran mejor que mi cabeza lo que había que hacer.
Gritaba mientras corría: —¡Mi viejo! ¡Pepe! ¡Saquen a la
gente!
Otros transeúntes empezaron a gritar también. Una mujer
señaló la cúpula y se llevó las manos a la boca. El humo ya era denso,
amenazante, como si el teatro entero se hubiera convertido en una chimenea.
Quise entrar. Quise meterme adentro como lo había hecho
cientos de veces cuando trabajaba en Maquinarias, como quien entra a su casa
por costumbre. Pero alguien me frenó del brazo —un empleado que me reconoció—.
—¡No, Eduardo, no! ¡Está todo tomado!
—¡Creo que mi padre está adentro! ¡Y mi hermano!
—¡Los están evacuando por el lateral!
Ese grito fue como una cuerda lanzada a alguien que se ahoga.
Corrí alrededor del edificio.
La puerta lateral estaba abierta. Humo espeso salía en
oleadas. Entre los músicos, técnicos y empleados que escapaban, lo vi: mi
hermano Pepe bajando las escaleras, cubriéndose la boca, con la mirada perdida
entre el susto y la incredulidad.
—¡Pepe! —lo abracé con la fuerza de todos los meses que no
había estado ahí adentro—. ¿Papá?
—Está con los músicos… creo… ¡vení!
Fuimos juntos hacia el grupo que salía desde la sala de
ensayo. Y ahí por suerte me confirmaron que se había ido hacia media hora…
—Viejo… pensé y me quebré—. Vamos. Ya está, dijo mi hermano.
—Pero que haces vos acá?
—No se… justo… pasé por acá —logré decir.
—Menos mal —me dijo—. Algo te trajo.
El teatro que se derrumbaba
Mientras tanto y antes que los bomberos, llegó el ejército e
hizo un cordón con soldados armados y nos tuvimos que alejar unos metros. Y
desde ahí, desde esa distancia de seguridad que nada tenía de segura para el
corazón, vimos cómo el fuego se adueñaba de todo. Las llamas escalaban los
pisos como si buscaran devorar el cielo. La gente lloraba, gritaba, señalaba. Y
el teatro… nuestro teatro… parecía inclinarse, como si se rindiera ante algo
inevitable.
Yo no podía dejar de pensar: podría haber estado ahí adentro,
podría haber estado mi padre, Pepe que se salvó de casualidad…con el tiempo
supo que a los 10 minutos de salir de la cabina de sonido que estaba debajo del
escenario, éste se derrumbó y aplastó todo.
Pensé en que unos minutos, solo unos minutos de diferencia, podía haber cambiado la historia.
El 2CV quedó estacionado ahí, testigo mudo, mientras nosotros
mirábamos cómo ardía el gigante que había formado parte de nuestras vidas.
Ese día no solo se incendió un edificio. Se incendió una
parte de mi pasado, del pasado de nuestra familia, pero también se iluminó
algo: estar donde tenía que estar, en el instante exacto, sin buscarlo.
Nunca supe si fue casualidad o destino. Lo único que sé es
que ese fuego, brutal y tremendo, me devolvió por un instante al lugar del que
venía. Y me recordó que, aunque yo ya no trabajara ahí, el teatro seguía siendo
parte de mi historia. Y yo, parte de la suya.
A veces pienso que el teatro, antes de arder, quiso llamarme
una última vez.
Eduardo Finocchi / 11-2025
