Un episodio insólito en la Legislatura bonaerense
Hay mañanas que parecen una más en la rutina de la ciudad. Y
hay otras que quedan grabadas para siempre en la memoria de quienes las
vivieron.
La del 22 de octubre de 2009 fue una de esas.
Como tantas veces durante años, llegué temprano a la
Legislatura bonaerense. Antes de las ocho de la mañana. A esa hora la ciudad
todavía bosteza, y el edificio de avenida 53 entre 7 y 8 se prepara lentamente
para otra jornada de trabajo. El tránsito aún no ruge, los pasos resuenan en
las veredas húmedas y los empleados de maestranza empiezan su silenciosa tarea
cotidiana.
Pero aquella mañana había algo distinto. Una tormenta había
pasado durante la madrugada, y en el aire quedaba ese olor a lluvia reciente.
Mientras los empleados barrían algunos cascotes sobre la vereda, comentaban
entre ellos que no sabían de dónde habían caído esas piezas de mampostería.
Fue entonces cuando levanté la mirada.
Allí arriba, a más de veinte metros de altura, en una de las
estatuas que coronan el acceso a la Cámara de Diputados bonaerense, faltaba
algo imposible de ignorar.
A la Victoria… le faltaba la cabeza.
El crujido que algunos vecinos habían escuchado en medio de
la tormenta había sido el aviso de lo inevitable: la cabeza de una de las
esculturas que forman parte del histórico conjunto artístico del edificio se
había desplomado sobre la vereda.
Por fortuna, el destino quiso que la cuadra estuviera casi
desierta. Hoy resulta difícil imaginarlo, porque avenida 53 es intensamente
transitada durante gran parte del día, pero en aquel momento —cuando todavía no
estaban las rejas actuales— el lugar estaba prácticamente vacío. Nadie resultó
herido.
La cabeza caída pertenecía a la figura de “La Victoria”,
parte del grupo escultórico creado por el escultor veneciano Víctor de Pol, uno
de los artistas que dejó su impronta en la arquitectura monumental de la
ciudad.
Desde el Senado provincial, responsable del mantenimiento del
edificio, se explicó luego que el derrumbe habría sido consecuencia del
desgaste de los materiales —argamasa y hierro— utilizados más de un siglo atrás
para erigir la escultura. También aseguraron que el patrimonio escultórico del
edificio era sometido a revisiones trimestrales y que en la última inspección
no se había detectado ningún indicio que anticipara lo ocurrido.
El sector fue rápidamente cercado con cintas plásticas.
Restauradores y arquitectos subieron al techo para revisar la estabilidad del
resto del conjunto y evaluar si la cabeza podía recuperarse o si sería
necesario crear una nueva, respetando la fisonomía original.
Pero lo más curioso de todo es que, en ese instante, solo un
fotógrafo estaba allí para registrar el hecho.
Yo, que durante tantos años había llegado temprano a la
Cámara, casi como un ritual silencioso. Esa costumbre fue la que me permitió
documentar un episodio que, de otro modo, quizá habría pasado desapercibido en
sus primeros momentos.
Las fotografías que tomé aquel día las envié al diario El Día simplemente como un testimonio histórico. Nada más que eso.
Sin embargo, la publicación de la nota al día siguiente me provocó
más de un “dolor de cabeza” —esta vez metafórico— dentro de la Legislatura. Las
repercusiones del hecho, y las preguntas sobre el estado de mantenimiento del
edificio, derivaron incluso en algunos apercibimientos hacia mí, que había
documentado la escena.
Ironías del destino.
Finalmente, con el tiempo, el Senado provincial, responsable de
la restauración del edificio, reparó la estatua que volvió a ocupar su lugar
sobre la entrada de Diputados sobre la Avenida 53.
Pero quienes conocíamos la obra original no pudimos evitar una sensación extraña.
Porque, al observar la figura restaurada, resultaba evidente
que la nueva cabeza ya no era exactamente la que había imaginado Víctor de Pol.
La expresión, los rasgos, el espíritu de la escultura… algo había cambiado. Con
una falta de respeto al autor y a la historia, le habían colocado una cabeza
que nada tenía que ver con la original.
Y quizá allí esté lo más triste de esta historia.
Aquella mañana de tormenta no solo cayó una pieza de argamasa
desde más de veinte metros de altura. También se perdió, de alguna manera, un
fragmento de la mirada original de un artista que había dejado su huella en el
paisaje monumental de La Plata.
Por suerte, mis fotos quedaron. Y gracias a ellas, aquella insólita mañana en la que la Victoria perdió la cabeza sigue viva en la memoria de la ciudad.
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| Nota: Tapa diario El Día 23-10-2009 |
Eduardo Finocchi / 3-2026


