Recuerdo que hace unos años, cuando iba a buscar a mis nietos
a la querida Escuela Anexa de la UNLP, había una imagen del Bosque platense que
siempre me llamaba la atención. Entre los árboles enormes, las hojas secas y
esos caminos silenciosos que parecen detener el tiempo, aparecía aquella extraña
construcción de ladrillos, medio escondida, casi olvidada.
Uno pasaba por allí tantas veces… y sin embargo nunca sabía
bien qué era.
Parecía un pequeño castillo abandonado. Con sus arcos, sus
almenas y sus paredes antiguas, daba la sensación de pertenecer a otra época.
Tal vez a la vieja capital de principios del siglo XX, cuando el Bosque
comenzaba a poblarse de edificios universitarios, senderos y paseos elegantes.
Mientras los chicos corrían rumbo a clases o salían felices
de la escuela, esa casilla quedaba allí, silenciosa, observando generaciones
enteras pasar frente a sus paredes grafiteadas.
Recuerdo que un día decidí detenerme unos segundos y tomarle
una fotografía. Algo tenía ese paisaje otoñal, esa mezcla de misterio, abandono
y belleza, que me hizo sentir que valía la pena conservarlo. Y por suerte lo
hice, porque aquella imagen quedó guardada para siempre entre mis recuerdos más
queridos del Bosque y hasta gané un concurso fotográfico con ella.
Y eso tiene mucho del Bosque platense: está lleno de misterios
pequeños.
Muchos caminamos durante años entre sus diagonales naturales,
sus plátanos inmensos y sus rincones históricos, sin imaginar cuántas historias
esconden esos edificios perdidos entre la vegetación. Viejas dependencias,
casillas de servicio, puestos olvidados o construcciones que alguna vez
tuvieron un sentido importante dentro de la vida cotidiana de la ciudad.
Quizás por eso esa pequeña edificación siempre despertó
curiosidad. Porque representa algo muy platense: la convivencia entre la
historia y el olvido.
Hoy luce deteriorada, castigada por el tiempo y por las
pintadas, pero todavía conserva un encanto especial. Basta verla en otoño,
rodeada de hojas amarillas y árboles desnudos, para imaginar aquella vieja ciudad universitaria y tranquila que conocieron nuestros abuelos.
Y mientras esperaba a mis nietos a la salida de la Anexa, más
de una vez me quedé pensando en eso: cuántas veces pasamos junto a lugares
llenos de historia… sin saber realmente qué fueron alguna vez.
Eduardo Finocchi - 5/2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
