Hay recuerdos que no se borran jamás. Quedan suspendidos en
algún rincón de la memoria, como si todavía flotaran entre el olor a madera
cortada, el polvo de los telones y las luces tibias de un escenario vacío. Así
recuerdo mis días en el viejo Teatro Argentino de La Plata, antes de aquel
incendio de 1977 que terminó llevándose una parte enorme de la historia
platense.
Yo tenía apenas 17 años. Era flaco, inquieto y con esa
energía que sólo se tiene a esa edad. Fue entonces cuando Domingo Singla, que
vivía a la vuelta de mi casa, en 35 y 14, y que era jefe de Maquinaria del
Teatro, nos abrió una puerta inolvidable. A Ricardo Castro y a mí nos llevó a
trabajar allí, casi como quien invita a dos pibes a entrar en un mundo mágico
escondido detrás de las cortinas.
Y mágico era de verdad. Todavía puedo ver aquellas enormes
“hojas” de madera. Eran altísimas, pesadas, inmensas para nuestros jóvenes
músculos. Entre Ricardo y yo intentábamos llevarlas haciendo equilibrio,
tratando de que no se vencieran hacia un costado mientras armábamos la famosa
Cámara Acústica sobre el escenario mayor. A veces parecía que las maderas nos
iban llevando a nosotros, y no al revés.
Pero éramos felices. Aprendimos muchísimo en aquellos
talleres del Teatro. Aprendimos a trabajar la madera, a construir estructuras,
a levantar esqueletos detrás de las telas pintadas que después, bajo las luces,
se transformaban en castillos, palacios, salones inmensos o misteriosos
paisajes. Lo que durante el día eran tablas, clavos y serruchos, por la noche
se convertía en escenarios de fantasía donde bailaban artistas, cantaban voces
extraordinarias y la ciudad entera soñaba.
Había algo emocionante en recorrer esos pasillos internos. El
viejo Teatro tenía alma. Crujía, respiraba, vivía. Los obreros, carpinteros,
maquinistas, iluminadores y artistas formábamos parte de una enorme familia
silenciosa que hacía posible la magia sin aparecer nunca en escena.
Nosotros trabajábamos detrás del telón, pero sentíamos el
aplauso igual. A veces, cuando el escenario quedaba vacío y las luces se
apagaban lentamente, uno podía quedarse mirando aquel espacio gigantesco y
sentir orgullo. Orgullo de haber ayudado, aunque fuera con manos jóvenes y
cansadas, a levantar esos mundos efímeros que duraban apenas una función, pero
quedaban para siempre en la memoria del público.
Después vino el incendio. Y con él, el dolor de ver
desaparecer una joya de La Plata. Pero hay cosas que el fuego no puede
destruir.
Porque cada vez que paso cerca de ese lugar, y aunque ahora
el teatro es una espantosa mole de cemento, vuelvo a ver a aquel muchacho de 17
años, junto a Ricardo Castro, sosteniendo como podía aquellas enormes hojas de
madera, mientras Domingo Singla nos enseñaba el oficio y la vida. Y vuelvo a
escuchar, mezclado con el eco del escenario, el sonido de martillos, serruchos
y risas jóvenes en el corazón del viejo Teatro Argentino.
Eduardo Finocchi 5/2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com
