La Plata amaneció distinta aquella mañana del 19 de agosto de 1925.
Las calles estaban vestidas de fiesta.
Banderas argentinas y británicas flameaban entre los tilos, y
los balcones se llenaban de vecinos que esperaban algo que nunca antes había
ocurrido:
Un Príncipe iba a visitar la ciudad.
El tren llegó lentamente a la estación.
Cuando el joven Príncipe de Gales, Eduardo de Windsor,
bajó del vagón, la multitud estalló en aplausos.
Algunos se subieron a los bancos, otros a los árboles, y
muchos simplemente levantaban sus sombreros para saludar.
Era un hombre joven, elegante, con aire tímido.
Parecía más curioso que solemne.
El desfile avanzó lentamente por las avenidas rectas de la
ciudad perfecta.
Los carruajes oficiales avanzaban entre la gente que se apretaba contra las
veredas.
Los niños corrían detrás del cortejo.
Las damas agitaban pañuelos blancos.
Los hombres comentaban:
—Mire… ese será el futuro rey de Inglaterra…
En el Bosque, el príncipe pasó revista a las tropas.
El silencio era absoluto.
Solo se escuchaban los pasos marciales y el crujir de las
botas sobre la tierra húmeda.
Después llegó la recepción en la residencia del gobernador.
Fue, según los diarios, la reunión social más importante que había vivido La
Plata.
Pero lo que muchos recordaron no fue el protocolo.
Fue su sonrisa.
Su forma sencilla de saludar.
Su curiosidad por la ciudad.
Horas después, el tren partió nuevamente.
Y La Plata volvió lentamente a la normalidad.
Pero durante años, los vecinos siguieron diciendo:
—Yo estuve ahí…
—Yo lo vi pasar…
—Yo vi al Príncipe caminar por La Plata…
Y así, por un día, la ciudad perfecta recibió a un príncipe…
y quedó para siempre en la historia.
Investigación: Eduardo Finocchi / 3-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com

