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Cuando los hornos de Ctibor eran nuestro territorio perdido



Mucho antes de que los hipermercados ocuparan el horizonte de Ringuelet, antes de los estacionamientos infinitos, las luces blancas y el ruido constante de autos entrando y saliendo, había otro paisaje. Un paisaje de ladrillos rotos, pastos altos, galpones silenciosos y chimeneas enormes que parecían vigilar el barrio desde otro tiempo.

Para quienes crecimos a pocas cuadras del viejo predio de Ctibor, aquellos hornos abandonados eran mucho más que ruinas industriales: eran nuestro mundo secreto.
Íbamos caminando entre calles de tierra y veredas partidas, casi siempre después de la escuela o durante las interminables tardes de verano. Entrar al predio era como meterse en una ciudad fantasma. Todavía quedaban restos de vías angostas por donde alguna vez habían pasado las vagonetas cargadas de ladrillos calientes. Los hornos aparecían oscuros, inmensos, con ese olor mezclado de humedad, barro y ceniza vieja que todavía hoy parece sobrevivir escondido entre las paredes.
Nadie necesitaba inventar aventuras ahí adentro. El lugar ya era una aventura en sí mismo.
Cada rincón parecía guardar historias obreras que nosotros todavía no entendíamos. A veces encontrábamos ladrillos marcados con el sello Ctibor, pedazos de hierro oxidado, engranajes, herramientas olvidadas o túneles cegados por yuyos. Imaginábamos que debajo de esos galpones todavía existían pasadizos secretos, calderas encendidas o depósitos escondidos.
El silencio impresionaba, porque aunque el barrio seguía vivo alrededor, dentro de los hornos el tiempo parecía detenido. Sólo se escuchaban los pájaros entrando por las ventanas rotas, el viento golpeando chapas viejas y nuestras voces rebotando entre las paredes ennegrecidas.
Muchos vecinos mayores todavía recordaban cuando aquello funcionaba de verdad. Contaban que las chimeneas no dejaban de humear y que cientos de obreros entraban y salían todos los días. Decían que buena parte de La Plata se había levantado con esos ladrillos. Y probablemente tenían razón: la ciudad entera parece hecha del mismo color rojizo que salía de Ctibor.
Con los años llegaron los hipermercados, el movimiento comercial, las playas de estacionamiento y una modernidad que fue borrando lentamente aquella atmósfera industrial. Donde antes había hornos gigantes y terrenos vacíos ahora hay carros de compras, carteles luminosos y música funcional.
Pero algunos todavía recordamos el otro paisaje, el de las tardes en que jugar entre ruinas parecía normal. El de las zapatillas llenas de polvo rojo. El de volver a casa con algún viejo ladrillo “de recuerdo” escondido bajo el brazo. El de sentir, sin saberlo, que caminábamos sobre una parte importante de la memoria platense.
Hoy el Museo del Ladrillo conserva mucho de aquella historia. Y quizá por eso emociona tanto visitarlo: porque detrás de las vitrinas y las fotos antiguas todavía sobreviven, aunque sea un poco, aquellos días en que los hornos abandonados de Ctibor eran nuestro pequeño territorio perdido.

Eduardo Finocchi  5/2026   -   https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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