Eduardo se despertó temprano, más temprano de lo normal, con
la sensación de haber escuchado su nombre a través de la ventana. No era una
voz clara. Más bien un murmullo tibio, como de viento que intenta hablar sin
lograrlo.
Abrió los ojos con esfuerzo, todavía atrapado en ese estado
brumoso donde los sueños no se van del todo, sino que se esconden detrás de los
muebles.
Caminó hasta la cocina casi sin pensar. Ni miró el reloj.
Salió a la calle con la cabeza apenas sostenida por la costumbre: caminar,
girar, avanzar.
El amanecer tenía un color extraño, como si el cielo
estuviera pintado en varias capas y todavía faltara una por secarse. El aire
también estaba raro: más liviano, casi silencioso. Eduardo respiró hondo, y
hasta eso le sonó distinto, como si hubiera escuchado el eco de su propia
inhalación.
Cuando llegó a la esquina de 14 y 522, para esperar el micro,
levantó la mirada y la realidad, o algo parecido a eso, se abrió como una flor
equivocada:
El Reloj de Sol ya no estaba.
En su lugar, emergiendo del pedestal como si brotara de la
tierra, se alzaba el Monumento Faro de la Cultura, de 7 y 528. (el que llamamos “El
Rayador”) No una réplica. No una ilusión. Era él, con su estructura imposible,
sus superficies tensas, su geometría como de otro planeta.
Pero había algo más: el monumento vibraba. No una vibración visible, sino una presencia. Como si estuviera respirando.
Eduardo retrocedió un paso y sintió que el piso se movía
apenas, como una exhalación profunda que provenía del subsuelo.
Nadie más parecía darse cuenta. Una mujer pasó mirando el
celular; un chico en bicicleta silbaba una melodía antigua, una que Eduardo recordaba
haber escuchado en sueños.
El micro llegó a la esquina… y pasó de largo sin siquiera
disminuir la velocidad. Eduardo levantó la mano tarde, pero en su interior supo
que el micro no lo había visto.
Más aún: sintió que él no encajaba del todo en esa mañana.
Y mientras empezó a caminar hacia su trabajo, el paisaje
comenzó a torcerse suavemente, como si el día estuviera hecho de plástico
blando. Un semáforo parecía más alto; una casa tenía una ventana que él estaba
seguro de que nunca había existido; un perro lo miró con unos ojos demasiado
humanos, como si supiera algo que él no.
Cuando llegó al Palacio Legislativo, su lugar de trabajo por
tantos años, el portón estaba cerrado.
No solo cerrado: parecía más antiguo, como de otra época. La
chapa tenía un óxido que no estaba el día anterior. Las paredes tenían micro
fisuras nuevas, como si el tiempo hubiera corrido más rápido allí que en el
resto de la ciudad.
Eduardo se apoyó en las rejas del portón y el hierro estaba
helado.
El patio que se ve desde afuera, estaba oscuro y sin ningún
auto.
Sintió un nudo en la garganta. Fue entonces cuando escuchó un
sonido suave, casi imperceptible: el tic-tac de un reloj.
Un reloj de sol no hace ruido, pensó.
Y sin embargo ahí estaba: tic-tac… tic-tac…, como si midiera
sombras que nadie podía ver.
El sonido venía desde la calle. Giró lentamente la cabeza.
El monumento. El que había visto allá en la esquina, estaba
ahora delante del Palacio, como si hubiera caminado hasta allí mientras él no
miraba. Sus líneas parecían más inclinadas, como si hubiera adoptado una
postura diferente. Ahora el rayador parecía la torre de Pisa.
Y emitía esa especie de respiración metálica, ese pulso, ese
tic-tac que no tenía ningún sentido.
Eduardo sintió que la piel se le erizaba. Retrocedió.
Y en ese retroceso algo se aclaró, por fin, como una verdad
simple:
—Hoy es domingo —murmuró—. Me levanté dormido… nada de esto
tiene sentido…
Y al decirlo, la escena entera pareció desarmarse. El
monumento se quedó quieto. El tic-tac se apagó.
El aire recuperó peso, como si la atmósfera hubiera vuelto a
colocarse en su sitio.
Eduardo cerró los ojos un segundo.
Respiró.
Cuando los abrió, estaba nuevamente en la calle de siempre.
El Reloj de Sol en su lugar, tranquilo, inmóvil, sin sombra todavía.
Sonrió.
Pero al darse vuelta para irse, un detalle le heló la
sonrisa:
En el piso, justo donde había visto al monumento minutos
antes, había una marca:
una huella profunda, circular, perfecta.
Como si algo muy pesado hubiera estado ahí realmente.
Eduardo tragó saliva.
Y por primera vez en mucho tiempo, caminó de regreso a su
casa sin mirar atrás.
Eduardo Finocchi / 12-2025
