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Se fué el Tomy de mis hijos...Por E. Finocchi


La noticia dice que en este febrero 2026, murió Tomy.

Lo dice con palabras prolijas, cuidadas, como si el orden pudiera suavizar la pérdida. Cuarenta y nueve años. Chimpancé macho. Seguimiento permanente. Comportamiento habitual. Sin enfermedades previas.
Pero a mí no me habla de eso.
A mí me vuelve una tarde cualquiera del antiguo zoológico de La Plata, cuando el zoológico todavía era zoológico y yo caminaba despacio porque llevaba de la mano a mis hijos, que eran chicos, tan chicos que todo les parecía enorme.
Tomy estaba ahí. Siempre estaba.
No sabíamos su edad ni su historia de circo, ni que había llegado en 1980, ni que ya llevaba décadas mirando pasar generaciones enteras. Para nosotros era simplemente Tomy, el chimpancé que se acercaba a la reja, que observaba con una curiosidad que parecía humana, demasiado humana.
Mis hijos jugaban frente a él. Corrían, se agachaban, se levantaban de golpe. Le hacían gestos, caras, pequeñas provocaciones inocentes. Y Tomy respondía. Se movía, los miraba fijo, imitaba algún gesto. A veces parecía reírse, o al menos eso queríamos creer.
Ellos decían: “Papá, nos mira”.
Y yo asentía, porque era verdad.
Había algo en sus ojos que no se parecía al resto de los animales. No era sólo inteligencia: era una forma de presencia. Como si entendiera más de lo que debía, como si supiera que esos chicos crecerían y que él seguiría ahí, viendo pasar el tiempo desde el mismo lugar.
Hoy la noticia cuenta que murió un miércoles por la tarde, que sus cuidadores lo llamaron y no respondió. Me detengo en esa frase. No respondió a sus llamados.
Pienso en todos los llamados que sí respondió: las risas de mis hijos, los gritos, los pasos apurados sobre la grava, las manos pequeñas agitándose en el aire.
El zoológico ya no es zoológico. Mis hijos ya no son chicos. Y Tomy ya no está.
Pero algo de él quedó suspendido en ese espacio invisible donde viven los recuerdos: en una jaula que ya no existe, en un gesto compartido, en una infancia que se fue sin hacer ruido.
Tal vez por eso duele.
Porque con Tomy no se fue solo un chimpancé. Se fue un pedazo de la ciudad, una postal de familia, una tarde cualquiera que ahora vuelve entera, cargada de sentido.
La noticia termina diciendo que será recordado por su carácter especial.
Yo lo recuerdo así: mirándonos jugar, como si por un momento también hubiera sido parte de nuestra historia.

Eduardo Finocchi / 2-2026


13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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