Hubo un tiempo —no tan lejano y sin embargo ya remoto— en que, en algún rincón discreto de la Cámara de Diputados bonaerense, latía un corazón de luz roja y silencio. No figuraba en los organigramas ni en los discursos oficiales, pero existía. Y hacía historia.
Era el laboratorio fotográfico.
Un lugar pequeño, casi secreto,
donde el tiempo no corría: se revelaba.
Allí reinó durante más de treinta
años Eduardo Finocchi.
No fue solo su primer jefe: fue
su guardián. Lo cuidó como se cuida algo frágil y valioso. Lo arregló una y
otra vez con manos pacientes, lo mantuvo vivo cuando ya nadie parecía mirar
hacia ese costado del edificio. En las paredes las fotografías que no eran
decoración: eran memoria. En los cajones, archivos increíbles dormían su siesta
de plata y papel, esperando volver a ser vistos.
Trabajó con muchos compañeros
fotógrafos, pero ninguno logró su récord de años ininterrumpidos. Ninguno tuvo
tampoco esa otra paciencia, la más rara: la de explicar. Porque cuando llegaban
los alumnos de las escuelas, en esas visitas ruidosas y curiosas a la
Legislatura, Finocchi se detenía. Les contaba cómo se revelaban las fotos
analógicas, cómo la imagen aparecía de a poco en la bandeja, como un secreto
que decide mostrarse. Los chicos miraban asombrados. Era magia. Era ciencia.
Era oficio.
El laboratorio había sido ideado en la vuelta de la democracia por José Luis Mac Louglin, su compañero y antecesor. Juntos —en tiempos
distintos— habían construido algo más que un espacio de trabajo: un refugio. Un
sitio donde el ruido político quedaba afuera y mandaban la luz, el encuadre, la
espera.
Pero llegó la jubilación.
Y llegó después, casi sin
transición, la falta de corazón.
Con la excusa de que la era
digital solo necesitaba dos o tres computadoras, lo destruyeron. Así, sin
duelo. Sin entender que no se trataba de máquinas, sino de cultura. Que no se
trataba de tecnología, sino de memoria.
Todo cambió.
Se fue la magia.
Se fue el laboratorio
fotográfico.
Hoy hay oficinas frías, llenas de
computadoras. Gente que viene y va, pantallas encendidas, archivos que no dejan
huella en las paredes. Muy pocos recordarán lo que hubo allí. Tal vez algún
viejo periodista, de esos que en las largas horas de las sesiones pasaba a
tomar unos mates, mientras FINO —así le decían— editaba una fotografía con la
calma de quien sabe que una imagen no se apura.
El laboratorio ya no está.
"Fino" tampoco.
Pero a veces, si uno escucha con
atención, parece que todavía se percibe en el ambiente el olor a los líquidos de revelado, el leve roce del
papel húmedo, y una voz paciente explicando que la fotografía, como la historia,
necesita tiempo para aparecer.
(Gracias amigo JL / Eduardo Finocchi)
