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| Anita, la de las zapatillas rojas. |
A veces los sueños empiezan de una manera muy simple. Con una frase pequeña, dicha casi al pasar.
Recuerdo perfectamente el día en que mi hija Anita, siendo
apenas una nena, me dijo con una mezcla de curiosidad y entusiasmo:
—Papá, quiero aprender inglés.
No era una moda ni una obligación escolar. Era algo que
realmente le interesaba. Me gustó esa inquietud. En casa nunca sobraron los
recursos, pero sí las ganas de acompañar los sueños. Así que hicimos lo que
pudimos: algún libro, algún diccionario, ejercicios, palabras nuevas pegadas en
papeles, y muchas veces simplemente alentándola a seguir.
El inglés empezó a formar parte de su vida como un juego
primero, como un desafío después y finalmente como una herramienta para abrir
el mundo.
Los años pasaron —como pasan siempre, silenciosamente— y la
vida empezó a dar esas vueltas sorprendentes que a veces solo se comprenden
mirando hacia atrás.
Hoy Anita trabaja en la Patagonia argentina, en una empresa
de turismo inglesa que organiza viajes increíbles hacia el sur del mundo.
Su trabajo consiste en recibir viajeros de distintos países,
acompañarlos y guiarlos en una de las aventuras más extraordinarias que
existen: conocer la puerta de entrada a la Antártida Argentina.
Esta vez me escribió desde el sur con una foto que me llenó
el corazón.
En la imagen se la ve rodeada de un grupo de viajeros
sonrientes. Son turistas malayos, familiares y amigos vinculados a la empresa Canon
en Malasia. Anita los recibió primero en Buenos Aires y ahora los acompaña en
esta travesía hacia los paisajes más australes del planeta.
En la foto están todos felices. Ella también.
Se la ve conversando, riendo, compartiendo historias con
personas que llegaron desde el otro lado del mundo. Y yo, al mirarla, no puedo
evitar recordar aquella tarde en que una niña me dijo que quería aprender
inglés.
Quién hubiera pensado que ese pequeño deseo infantil
terminaría conectándola con viajeros de Asia, con aventuras en la Patagonia y
con el sueño blanco de la Antártida.
Los idiomas hacen algo más que permitirnos hablar.
Nos permiten encontrarnos.
Abren puertas invisibles entre culturas, entre historias,
entre personas que nunca se hubieran cruzado de otra manera.
Y mientras miro la foto que me envió —donde aparece feliz,
rodeada de nuevos amigos en algún rincón ventoso del sur— pienso que a veces
los padres solo hacemos una cosa muy sencilla:
Acompañar el primer paso. Después el camino lo construyen
ellos.
Y a veces, ese camino termina llegando… hasta el fin del
mundo.
Eduardo Finocchi / 3-2026
https://historiasendiagonal.blogspot.com
