Dicen que en La Pampa uno puede ver muchas cosas: atardeceres anaranjados, caldenes torcidos por el viento, chatas levantando polvo… pero lo que le pasó a Don Ismael Garay aquel verano entra en la categoría de “cosas que no se le cuentan a nadie para que no se ría”.
Don Ismael era un gaucho de Uriburu, un pequeño pueblito de
La Pampa, conocido por su seriedad y su economía de palabras. Si decía “buen
día”, era porque el día realmente estaba bueno. Aquel enero, el calor venía
apretando desde temprano, y él cruzaba el campo arriando unas vaquillonas que
caminaban como si cada paso costara una decisión filosófica.
El caballo, sudado y resignado, avanzaba con la expresión
típica de los caballos pampeanos en verano: “¿seguro que no podríamos haber
sido peces?”.
Ismael venía mascando un yuyo porque sí, porque era su
costumbre, y silbando una sambita que no le salía muy bien, pero a esa hora
nadie andaba cerca para juzgarlo.
A veces hablaba solo, detalle que él prefería atribuir al
silencio del campo y no a la soledad.
Fue entonces cuando vio algo extraño en la distancia.
Primero creyó que era una distorsión del calor. Después pensó
que era un árbol caído. Después, que era… bueno, algo grande. Algo demasiado
grande para estar ahí.
Parpadeó. Se acomodó el sombrero como si eso fuera a
mejorarle la vista. Y volvió a mirar.
Había cuellos.
Cuellos larguísimos.
Y manchas marrones moviéndose despacio.
—Nah, esto no —murmuró Ismael—. Debe ser el calor… o la
damajuana que abrí anoche.
Pero no: eran jirafas.
Cinco, seis… capaz que más. Caminando con esa elegancia
injusta que tienen los animales altos, como si nadie les hubiera avisado que
estaban en pleno corazón pampeano.
Ismael detuvo el caballo. Las vaquillonas también. Hasta las
moscas parecían haber frenado un segundo para verificar la escena.
Las jirafas, tan tranquilas, lo miraron. Una inclinó el
cuello en un gesto que, en otra especie, habría sido un saludo cortés. Otra
levantó la cabeza todavía más, como olfateando el viento.
Ismael, decidido a no perder la compostura, se acercó dos
pasos.
—Buenas tardes, doñitas —dijo con educación—. ¿Se les perdió
el zoológico?
No obtuvo respuesta, naturalmente. Pero una jirafa joven
movió la cola con aire amistoso. Otra se acercó a una de las vaquillonas, que
la miró con una mezcla de sorpresa y enojo, como diciéndole: “Mirá vos, qué
altura innecesaria”.
Ismael pensó en ofrecerles agua, sombra, algo… después de
todo, uno tiene que ser buen anfitrión, aun cuando los visitantes sean animales
africanos extraviados.
Pero antes de que pudiera decidirse, el pampero sopló. Un
viento seco, brutal, levantó tierra, pasto y la dignidad de cualquiera que
anduviera desprevenido.
Ismael se cubrió los ojos. Tosió. Y cuando por fin el viento
aflojó y la polvareda volvió al suelo…
No había jirafas.
Ni rastros.
Ni pisadas.
Nada.
El campo estaba igual que siempre: infinito e inocente, como
si jamás hubiera albergado semejante despropósito zoológico.
Esa noche, Ismael llegó al rancho y calentó el agua para el
mate. Pensó, pensó y volvió a pensar.
¿Lo soñó?
¿Fue un espejismo?
¿Estaba todavía bajo los efectos del vino de la víspera?
No lo contó. ¿Para qué? En el pueblo iban a reírse a
carcajadas, y él no estaba para dar espectáculos.
Pero desde entonces, cada vez que sale a caballo, mira un
rato más de lo necesario hacia el horizonte. Y cada tanto sonríe, como quien
recuerda algo imposible pero propio.
Su explicación, cuando está solo, es sencilla:
—Si acá hemos visto cosas peores… ¿por qué no unas jirafas?
Eduardo Finocchi / 11-2025
