
Así lo llamamos en el barrio de Tolosa al imponente distribuidor de tránsito que recibe a quien entra a La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Una criatura de hormigón: subidas, bajadas, curvas que se enroscan como tentáculos. Un pulpo vial que vino a reemplazar al viejo puesto de Policía Caminera, aquel que desde su garita intentaba, con más voluntad que eficacia, ordenar el caos.
Los fines de semana eran un infierno: los que regresaban de
la costa se cruzaban con los que iban o venían de la cancha, camiones rumbo al
mercado, vecinos apurados, bocinas, motores recalentados. En medio de todo eso,
estaba él.
Lucero.
Un personaje. Cuando veía que los pibes del barrio nos
acercábamos a mirarlo en las horas pico de los domingos, se agrandaba. Nosotros,
cómodos en la vereda de enfrente, como en una tribuna de fútbol, asistíamos a
su espectáculo. Lucero hacía reír, saludaba, y con el silbato se despachaba con
sonidos largos, corridos, estrafalarios, casi musicales. Más que ordenar el
tránsito, parecía hipnotizarlo. Su show ponía un manto de distracción sobre
aquel despliegue interminable de automotores.
También estaban los camiones. De todo tipo. Cuando pasaban,
Lucero les tocaba pito y señalaba la parte de atrás del destacamento. A veces
había allí otro agente. Los camioneros dejaban algo: una bolsa, una caja, lo
que fuera. Si no, lo apoyaban en el piso. Al rato, Lucero iba y lo entraba.
Un día pasé por ese sector y no podía creer lo que veía:
vinos, sifones, galletitas, alfajores, pan, chorizos, pollos… y una vez,
incluso, un colchón de goma espuma. El puesto caminero parecía más un almacén
improvisado que una dependencia policial.
Una mañana decidí salir a caminar por el distribuidor. Tal
vez fue el sol fuerte, o el eco del cemento, pero algo me afectó. De pronto me
sentí liviano, como suspendido en una nube. Tomé una bajada y llegué a un
costado verde que no reconocí.
Un anciano caminaba lentamente hacia mí. Con cierta vergüenza
le pregunté en qué parte del distribuidor estábamos. No respondió. Me miró,
encogió los hombros y apretó los labios, como diciendo que no sabía.
Insistí. Entonces habló.
—Yo vine a pedirles el teléfono a los policías del puesto
caminero… pero hace tiempo que doy vueltas y no los encuentro. Recién me topé
con una rotonda donde hay un monumento al gaucho, cosa que me puso muy
contento. Después pasé por el Femenil Italiano… pero ahora dice Conservatorio
Gerardo Giraldi. Se escuchaban saxos, pianos… hermoso. No entendí nada. ¿Y las
monjitas? ¿Y las niñas internadas? —me dijo—. No sé, amigo… sigo buscando el
puesto caminero.
Una sensación extraña me recorrió el cuerpo. ¿Dónde estaba
yo?
De repente, como entre brumas, apareció una columna altísima,
coronada por reflectores que filtraban el sol. Todo se volvió blanco.
Y desperté.
Seguramente me había quedado dormido o me había desmayado en
el pasto. Cuando reaccioné, bajé por uno de los tantos caminos laterales y vi
un kiosco. Pensé en tomar algo, agua mineral o una gaseosa, para estabilizarme.
Al llegar, un anciano de cara conocida me miró y dijo:
—¿Viene de caminar? ¿Se acuerda cuando acá enfrente estaba el
puesto caminero? Yo era policía. Trabajé ahí.
—¿Cómo se llama? —le pregunté.
—Mi nombre es Lucero.
Cosas que pasan.
Eduardo Finocchi / 2025