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El arco que soñaba con el Bosque


En las noches tibias de la joven La Plata, cuando la ciudad todavía se estaba aprendiendo a sí misma, la música flotaba en el aire como una promesa. En la Plaza Rivadavia —entre la avenida 1 y las calles 2, 51 y 53— la banda de la Policía afinaba instrumentos y la alta sociedad platense se reunía bajo los árboles, convencida de que el futuro tenía forma de ciudad perfecta. Muy cerca de allí, en la esquina de 1 y 52, algo más que un portal vigilaba la entrada al Bosque: un arco monumental, de estilo francés, que parecía haber llegado desde Europa para quedarse a vivir entre diagonales.

Era una réplica exacta —aunque más grande, más audaz— del arco que aún hoy se levanta detrás de la Ópera de París. Un gesto de elegancia y ambición. Había sido concebido en 1884, cuando el gobernador Dardo Rocha imaginó para La Plata no sólo una capital administrativa, sino una ciudad bella. El encargo recayó en el ingeniero Pedro Benoit y en el doctor Remigio Molinas. Ellos le dieron forma a ese umbral que separaba la ciudad del paseo, lo urbano de lo verde, lo cotidiano del asombro.

El arco no era sólo un ornamento: era una declaración. Tenía pilares laterales para peatones y, más tarde, otros dos para el paso de carruajes. El adoquinado fue mejorado, se levantaron cuatro pedestales para esculturas que nunca llegaron a colocarse. Como si el arco supiera que no todo destino se cumple. Aun así, durante 27 años, fue testigo silencioso de paseos, de primeras citas, de niños que lo cruzaban como quien entra a otro mundo. Era la puerta al Bosque y, también, a una idea de ciudad aristocrática, ordenada, orgullosa de sí.

Pero algo se quebró con el nuevo siglo. La década de 1910 cayó sobre La Plata como una sombra difícil de explicar. Monumentos retirados, rejas arrancadas, estatuas demolidas, mansiones borradas del mapa. El arco del Bosque fue uno más en esa lista inquietante. O quizá fue el símbolo más doloroso.

Ópera de París
El 11 de marzo de 1911, sin una razón clara, sin un debate que haya quedado en los archivos, el arco fue dinamitado. Como un niño rico que rompe un juguete hermoso sólo porque dejó de gustarle. Como un castillo de arena deshecho en segundos, pese al esfuerzo que lo levantó. Vivió apenas 27 años. Nadie supo explicar por qué.

Un día después, el diario El Día publicó una crónica titulada “Reliquia platense”. El cronista describió una explosión que estremeció la ciudad cuando caía el sol y comenzaba el silencio. En 1 y 52, uno de los pilares del arco sólido y elegante se desplomó. “Se ha destruido una de las cosas más nuestras”, escribió, con una tristeza que todavía se lee entre líneas. Algo propio había sido arrancado, como si a la ciudad le hubieran quitado un recuerdo antes de que envejeciera.

Se dijo que el arco tenía poco mantenimiento. Se dijo que en su lugar se levantaría un monumento a Domingo Faustino Sarmiento. En abril de 1911 se colocó la piedra basal, en un acto fastuoso. El monumento jamás se concretó. Décadas después, en 1955, se erigió allí el de Guillermo Brown, que aún permanece. El arco, en cambio, no volvió nunca.

La arqueóloga Ana Igareta enumeró las pérdidas de aquellos años: el monumento a Moreno frente al Palacio Municipal, el de la Primera Junta en Plaza San Martín, la mansión de la familia Iraola detrás de la actual tribuna Centenario del estadio de Gimnasia. Demoliciones sin papeles, decisiones sin explicación. El profesor Eduardo Gentile habló de episodios “extraños”, atravesados quizá por los vientos políticos del Centenario, por gustos cambiantes, por una Argentina rica que podía permitirse construir y destruir con la misma facilidad.

Tal vez fue eso. O tal vez fue algo más difícil de nombrar: una ciudad que todavía no sabía cuánto iba a extrañar lo que estaba perdiendo.

Hoy, si uno pasa por 1 y 52, el arco no está. Pero algunos dicen —y esto ya entra en el terreno de lo fantástico— que en ciertas tardes de verano, cuando el Bosque huele a hojas calientes y la luz se vuelve dorada, algo se recorta en el aire. Una sombra elegante. Un vacío con forma de arco. Como si la ciudad recordara, aunque no lo diga, la puerta que alguna vez la hizo sentir eterna.

Eduardo Finocchi / 2-2026

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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