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La Torta del centenario y los tres chiflados.

 



En La Plata, la noche del centenario había sido soñada durante años. Y cuando finalmente llegó, parecía estar a la altura de la historia.

La Plaza Moreno estaba desbordada de gente. Familias enteras, grupos de amigos, vecinos de toda la vida. Sobre el escenario, Los Chalchaleros entonaban sus canciones mientras los fuegos artificiales comenzaban a iluminar el cielo. Había emoción, orgullo, una sensación compartida de pertenecer a algo grande.

Pero el verdadero imán de la noche estaba unos metros más allá, dentro de una carpa especialmente montada: una torta gigantesca, de 400 metros cuadrados, que reproducía con precisión el plano fundacional de la ciudad. Avenidas, plazas, diagonales, hasta el lago del Bosque, todo estaba ahí, dibujado con azúcar, crema y paciencia.

Treinta panaderías habían trabajado durante días para hacerla posible. Más de 25.000 huevos, toneladas de harina, montañas de dulce de leche. Fue difícil armarla, trasladarla, incluso defenderla de una invasión persistente de hormigas que, desde temprano, habían detectado el festín. Pero todo se había controlado. O eso parecía.

El plan era simple y ordenado: encender cien velitas, que el gobernador Jorge Aguado realizara el corte simbólico y luego repartir 30.000 porciones entre el público, de a una por persona. Un gesto colectivo, casi ceremonial.

Pero las multitudes, a veces, tienen su propia lógica.

Antes de que comenzara el acto formal, la presión contra las vallas empezó a crecer. Primero fueron empujones aislados, murmullos de impaciencia. Después, forcejeos. La decisión de abrir el paso para comenzar a repartir antes de tiempo, lejos de ordenar, terminó de desatar lo inevitable.

Las vallas cedieron.

Y en cuestión de segundos, todo se desbordó y comenzó algo parecido a las fiestas de Los tres Chiflados.

La gente entró como un aluvión, superando a policías, scouts y voluntarios. El orden previsto desapareció. Algunos intentaban mantener la calma; otros, simplemente se dejaban llevar. La enorme torta quedó expuesta y lo que había sido una obra colectiva se convirtió en escenario de una escena casi surrealista.

Manos que arrancaban porciones sin control. Trozos que volaban por el aire entre risas nerviosas. Jóvenes que se arrojaban directamente sobre la superficie como si fuera una pileta dulce. Mozos desbordados, tratando de contener lo incontenible. Gritos, corridas, caídas.

Y, como una ironía final, las hormigas regresaron.

En medio del caos hubo gente lastimada, otros descompuestos, niños llorando aferrados a sus padres. Afuera de la carpa, quienes no lograban ver escuchaban los gritos y los golpes sin entender del todo qué estaba pasando adentro. La escena tenía algo de irreal, de desborde absoluto.

Cuando todo empezó a calmarse —menos de media hora después— quedaba poco de aquella torta monumental. Restos, desorden, y una sensación amarga que contrastaba con la alegría inicial.



En el Hospital General San Martín se atendieron heridos leves, golpes, crisis nerviosas. Nada trágico, pero sí lo suficiente como para dejar una marca.

De las 30.000 porciones cuidadosamente preparadas, apenas unas pocas se repartieron como estaba previsto.

Dicen que fue la torta más grande del mundo. También, quizá, una de las más tristes.

Porque aquella noche, en medio del festejo más importante de su historia, La Plata vivió un instante inesperado: cuando la celebración se desbordó y la multitud, por un momento, dejó de ser fiesta para convertirse en otra cosa.

Una escena que, quienes estuvieron ahí, todavía la recuerdan como la fiesta de los Tres Chiflados.

Eduardo Finocchi / 3-2026     https://historiasendiagonal.blogspot.com

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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