Me habían pedido colaboración para fotografiar digitalmente algunas
obras, pues más allá de las colecciones científicas, el Museo de La Plata
cuenta con un patrimonio artístico excepcional por su calidad y volumen y desde
su creación por obra de Francisco Pascasio Moreno el arte ha sido también un
protagonista de su historia y crecimiento y entre los numerosos artistas que
dejaron sus obras como patrimonio del Museo, uno de los más destacados por la
innegable belleza de sus creaciones, la cantidad de ilustraciones científicas y
sus aportes a las colecciones etnográficas y arqueológicas, fue el pintor,
dibujante, arquitecto, paisajista y naturalista suizo Adolf Methfessel.,
precisamente sus obras son las que había venido a digitalizar.
Mientras acomodaba el equipo, (una pionera cámara digital Sony Mavica a diskete) el lugar parecía respirar en un
silencio casi solemne.
Era uno de esos silencios que invitan a bajar la voz, a
caminar despacio, a sentirse un intruso en un espacio que no nos pertenece del
todo.
Tenía la cámara en la mano y me movía con cuidado, buscando
el ángulo justo para captar la intensidad de las pinturas y evitar los reflejos
en los vidrios. Los dibujos y pinturas estaban en una especie de grandes postigos con vidrio de ambas caras, como si fueran hojas de un
gran libro se iban pasando para ver las obras, estando sostenidas por una columna central de
madera que hacia juego con los marcos. (ver foto)
Estaba pasando uno de los postigos cuando lo inesperado ocurrió:
un leve crujido, apenas perceptible, vino desde no se donde y uno de los postigos
que se desprende y cae…
En un instante que todavía recuerdo en cámara lenta, el
postigo cedió como si hubiera estado esperando ese momento durante años.
El golpe contra el escritorio del Perito fue tan seco y
violento que me paralizó. El vidrio estalló en cientos de fragmentos que
volaron por toda la oficina, rebotaron en el piso y tintinearon contra las
paredes como una lluvia de cristal. El ruido fue tan fuerte que por un segundo
pensé que había detonado algo dentro del museo.
Quedé inmóvil, con la cámara en alto, tratando de entender
qué había pasado. El silencio que vino después fue incluso más inquietante que
la explosión de cristales. Esa clase de silencio que sólo existe después de un
estruendo.
Poco después escuché pasos apresurados en el pasillo. El
personal del museo entró alarmado, miró el escenario y luego me miró a mí,
todavía quieto entre los restos de vidrio. No hubo reproches —solo sorpresa y
un poco de alivio al ver que nadie estaba herido.
El escritorio del Perito, por suerte, quedó intacto. Yo, en
cambio, me llevé un susto que difícilmente olvidaré. Y desde ese día, cada vez
que vuelvo al museo, no puedo evitar mirar de reojo todos los postigos, como si
alguno todavía estuviera planeando su propio estallido.
Eduardo Finocchi / 11-2025
