Hay regalos que se abren con las manos… y otros que se abren con el corazón.
Corría el año 2018 cuando mi hija Anita me sorprendió con
algo que jamás imaginé. Con esa sonrisa cómplice que heredó vaya uno a saber de
quién, me dijo que tenía una sorpresa. En sus manos había dos entradas para el
Teatro Coliseo Podestá de La Plata.
—Vamos juntos —me dijo.
Y cuando vi el nombre del espectáculo, sentí que el tiempo se
detenía.
Les Luthiers.
Más de cuarenta años habían pasado desde la última vez que
los había visto. Pero no como espectador… sino como parte invisible de la
magia.
Corría la década del 70, y yo tenía apenas 17 años. Era
maquinista en el viejo Teatro Argentino de La Plata. Allí, entre telones,
sogas, luces y nervios, tuve la fortuna de atender a Les Luthiers durante unas funciones populares que brindaron en aquella época.
Recuerdo sus voces detrás del escenario, su humor elegante,
la precisión de cada movimiento, la risa del público que llegaba hasta las
entrañas del teatro. Yo era un chico, pero intuía que estaba viendo algo
extraordinario. Me autografiaron un pequeño afiche, con el que hice un hermoso poster.
Y sin saberlo, aquella sería la última vez que los vería…
durante más de cuatro décadas.
Hasta esa noche. Cuando entramos al Teatro Coliseo Podestá
con Anita, sentí algo difícil de explicar. Era como si cada paso me llevara
hacia atrás en el tiempo. Como si aquel muchacho de 17 años caminara otra vez
entre bambalinas.
Se apagaron las luces. Y aparecieron ellos.
La emoción me atravesó sin pedir permiso. Miré a Anita… y
ella me miró a mí. No hizo falta decir nada. Las lágrimas llegaron solas,
silenciosas, sinceras.
Lloramos juntos. No era solo el espectáculo. Era la memoria. Era
la juventud.
Era la vida que había pasado entre una función y otra. Era mi hija, acompañándome, regalándome ese momento irrepetible.
Durante esa noche inolvidable, volví a ser aquel chico del
Teatro Argentino. Volví a escuchar las risas desde el escenario, pero esta vez
desde la platea, con el corazón lleno.
Cuando terminó la función, salimos despacio, como queriendo
estirar el momento. La ciudad de La Plata nos recibió con su aire tibio y su
silencio nocturno.
Caminamos juntos. Sin prisa.
Porque sabíamos que esa noche ya era parte de nuestras
historias para siempre.
Hay recuerdos que el tiempo no borra.
Hay emociones que vuelven intactas.
Y hay hijas… que con un simple regalo… te devuelven cuarenta
años de vida.
Gracias Anita.
Esa noche… fue inolvidable
Eduardo Finocchi / 4-2026 - https://historiasendiagonal.blogspot.com

