Hay lugares que no figuran en los
mapas, pero viven para siempre en la memoria. El Club Peñarol fue uno de ellos.
Un clubcito de barrio, casi invisible, escondido en la calle 35 entre 14 y 15,
que parecía condenado al olvido… hasta que un día, en plena adolescencia, lo
encontramos.
Éramos parte de la barra de 14 y
35. Con Pepino Marchini y yo, Eduardo Finocchi, empujados más por la curiosidad
que por un plan concreto, descubrimos una sede abandonada, con la puerta semi
destruida y un escudo que todavía resistía el paso del tiempo. Decía “PEÑAROL”.
Nada más y nada menos.
Un viejo vecino del barrio —cuyo
nombre se me perdió como tantas cosas— tenía las llaves. Se entusiasmó cuando
le contamos que queríamos reflotar el club. Adentro, el tiempo se había
detenido: un buffet desmantelado, mesas y sillas rotas, una cancha de básquet y
un patio tomado por plantas y yuyos, como si la naturaleza también hubiese
decidido quedarse a vivir ahí.
Intentamos juntar gente, armar
una comisión, soñar con devolverle la vida. Pero el trabajo era enorme y los
entusiasmos pocos. Al poco tiempo me mudé del barrio y la vida, como suele
hacer, me llevó por otros caminos.
Antes de darnos las llaves, aquel
último socio nos dijo algo que en ese momento nos causó risa y descreimiento:
—Acá jugó Corbatta.
¿Oreste Osmar Corbatta? ¿El wing
más grande del fútbol argentino? Nos pareció una exageración de vecino
nostálgico.
Años después, la historia me
alcanzó.
Hoy, al encontrar el libro
Corbatta, el wing, de Alejandro Wall, confirmé que aquella frase no era un
mito. Y que Peñarol no era un simple club olvidado.
Si bien Corbatta nació en
Daireaux, su verdadero nacimiento futbolístico ocurrió en La Plata. En el libro
De fútbol somos (2001), Rodolfo Braceli recoge su propio testimonio: empezó a
jugar en los potreros de la ciudad, por la calle 17 entre 34 y 36.
“Nadie me enseñó nada, nadie le
puede enseñar al que no nace”, decía Corbatta. Y agregaba algo que hoy suena a
poesía perdida:
“Es más lindo jugar en el potrero
que en el césped… porque cuando se levanta el polvito de la tierra, escondés la
pelota y no hay Dios que la encuentre”.
Ese polvito también se levantaba
en Peñarol.
La revista Revista Goles, en su
edición del 26 de febrero de 1957, tituló “Nace un ídolo” y contó en forma de
historieta que en 17 y 36 nació Peñarol, del que Corbatta fue socio fundador y
wing derecho. También reveló un dato clave: era hincha de Estudiantes de La
Plata.
Allí llegó a jugar oficialmente
entre 1950 y 1951, en octava división. Su salida tiene varias versiones: una
grave fractura de tibia, una expulsión por el supuesto robo de botines, o la
versión más benigna, que habla de botines prestados nunca devueltos y una
lesión que lo alejó para siempre del club.
Lo concreto es que en 1953 la AFA
registra su pase desde Estudiantes a la Liga Platense, sin club. Hasta que
apareció Juverlandia de Chascomús, donde fue campeón en 1954, único título de
su historia.
El resto es leyenda: su llegada a
Racing Club, llevado por un viajante o por un jugador amigo, y la consagración
definitiva del wing irrepetible.
Hoy, en el lugar donde alguna vez
estuvo el viejo Peñarol —vaya uno a saber cómo se obtuvo ese predio— funciona
la Escuela Benito Lynch. Allí va a la primaria uno de mis nietos. Y en el
secundario da clases de Literatura mi hija mayor.
La vida tiene esas vueltas
hermosas y crueles a la vez. Donde hubo potreros y sueños, hoy hay aulas. Donde
se levantaba el polvillo que escondía la pelota, hoy suenan campanas escolares.
Pero Peñarol sigue ahí. Invisible
para muchos, eterno para quienes alguna vez lo encontraron por casualidad… y
descubrieron que, entre paredes rotas y yuyos altos, había nacido una parte
fundamental de la historia del fútbol argentino.
Eduardo Finocchi / 2-2026

