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El secreto de las diagonales (Cuentito fugaz)



Dicen que La Plata fue dibujada con escuadra, compás y un poquito de picardía. Que sus diagonales son hilos invisibles que la ciudad usa para moverse más rápido que el resto del mundo. Y que sus árboles, tantos y tan distintos, son los verdaderos guardianes del plano perfecto.

Clara, una chica que vivía cerca de Plaza Moreno, siempre sintió que la ciudad tenía algo de viva. No “viva” de bullicio, sino viva como un ser que respira. Cada mañana, cuando iba a la escuela por la 44, veía cómo las sombras de los tilos cambiaban de lugar con una precisión matemática. A veces pensaba que los árboles estaban conversando entre ellos.

Un día, al volver a casa, decidió tomar una diagonal al azar. La Plata tiene esa tentación: doblás y el camino se abre como si fuera un atajo hacia otro mundo. Clara eligió la 78 porque le gustaba cómo el sol se filtraba entre los plátanos.

Mientras caminaba, notó algo curioso: los árboles parecían inclinarse, apenas, como indicándole la dirección. Un jacarandá sacudió sus flores violetas justo cuando ella dudaba si seguir derecho o doblar. Un fresno movió las hojas con un susurro suave, casi como si dijera “por aquí”.

Clara los siguió.

La diagonal la llevó hacia el corazón del bosque platense urbano: un rincón escondido donde todas las especies convivían como si fueran viejos amigos. Había acacias, tipas, gomeros enormes como columnas de catedral… y en el centro, un hueco de luz perfecto, geométrico, como si el arquitecto de la ciudad lo hubiera dejado ahí a propósito.

Allí, Clara sintió que la ciudad le hablaba. No con palabras, sino con una certeza: las diagonales no eran sólo calles que acortaban distancias. Eran caminos secretos para quienes sabían mirar. Y los árboles eran los encargados de indicar cuál tomar, según el día, el ánimo y el destino de cada uno.

Antes de irse, el viento sopló y las ramas entrechocaron haciendo un sonido leve, casi un aplauso. O una despedida.

Desde entonces, Clara no volvió a perderse nunca en La Plata. Cuando dudaba, seguía la sombra de los árboles. Y siempre llegaba a destino.

Porque en La Plata —eso lo aprendió ese día— las diagonales no señalan atajos: señalan historias. Y los árboles, miles y miles, son los narradores que la ciudad plantó para que nadie olvide por qué fue trazada tan perfecta.

Eduardo Finocchi / 11-2025

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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