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| Foto: J.C.Riccelli |
No es solo ladrillo y chapa, es el corazón de Tolosa latiendo
al ritmo del vapor. Si cierro los ojos, aún puedo sentir el olor a aceite
industrial y el chirrido incesante de los rieles que marcaban nuestro reloj
biológico. En esa esquina de 3 y 526, no solo fabricábamos locomotoras;
forjábamos el orgullo de un país.
Yo era uno de esos jóvenes que, a fines de los años 40, vio
cómo la visión del ingeniero Livio Porta se hacía tangible. En un momento de
auge para los ferrocarriles, un grupo de técnicos y obreros especializados
comenzó a gestar algo imposible: la primera locomotora a vapor de fabricación
argentina.
Aunque el proyecto se puso en marcha inicialmente en Rosario,
la epopeya terminó de escribirse en nuestra tierra. Fue en los talleres de
Tolosa donde la máquina, dotada con una técnica de avanzada, vio la luz y
provocó una verdadera revolución en el mundo ferroviario.
La Ciudad que Vibraba con la Caldera
Cuando nos establecimos de lleno, le asignaron a la flamante
fábrica tres grandes galpones. Recuerdo el de 3 y 526, destinado a la planta
técnica y administrativa, y la construcción de la sala de maquinado,
incorporando equipos de última generación que llegaban desde Europa. Nos
sentíamos el centro del mundo.
Pero el verdadero ingenio estaba en el desafío diario, en la
audacia de Porta, quien diseñó su invento para que las locomotoras del Roca
pudieran utilizar el carbón de Río Turbio con enormes economías. Era ingeniería
de punta y conciencia nacional en un solo proyecto.
La fábrica no solo se encargaba de repuestos o de la
reparación integral de las máquinas; era una escuela. Muchos de nosotros,
estudiantes, hicimos nuestras primeras armas allí. Aprendimos de contabilidad,
costos, inventario y tesorería no en un aula, sino al lado de la caldera. Esas
lecciones me sirvieron para toda mi vida profesional.
Éramos una comunidad. Más de 150 personas, la mayoría
viviendo en Tolosa y Ringuelet, que trabajaban y vivían para ese proyecto.
¿Nuestro punto de encuentro? No era una oficina, sino esa famosa esquina sin
ochava de 1 y 528. Allí se discutían los planos, se compartía el almuerzo y se
olvidaban las jerarquías.
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Pero las historias de gloria, a veces, tienen finales amargos
y abruptos.
Llegó 1958. Recuerdo ese año con una niebla amarga, como si
el humo de la locomotora se hubiera esfumado de golpe. La intervención del
gobierno de la época fue rápida e implacable. Vimos cómo desmantelaban nuestra
fábrica, cómo distribuían su contenido a "talleres ferroviarios y destinos
inciertos". No solo desarmaron instalaciones; desarmaron un sueño, una
comunidad que latía a ritmo de caldera.
Hoy, al pasar por 3 y 526, el silencio es ensordecedor. Los
galpones están vacíos, pero el eco del vapor, el zumbido de la sala de
maquinado y las risas de la esquina de 1 y 528 siguen grabados en el alma de
Tolosa.
Fuimos la cuna de la primera locomotora a vapor argentina. Y
aunque la fábrica se fue, la lección de orgullo, innovación y comunidad que nos
dio esa época, esa sí es indestructible. Y esa, esa es mi historia.
NN

