Dormido, soñaba que despertaba después de haber vivido una historia imposible. O tal vez despertaba creyendo que todavía soñaba. La frontera era tan delgada que no sabría decir en qué momento ocurrió una cosa u otra.
Abrí los ojos y quedé mirando mi escritorio, como todas las mañanas. La habitación estaba en penumbras y el silencio era absoluto, apenas roto por el zumbido lejano de la ciudad. Entonces los vi.
Sobre mi notebook había dos hombrecitos, no más altos que diez centímetros. Vestían una especie de mamelucos grises, gastados por el uso, y parecían completamente concentrados en su tarea. Uno empujaba con dificultad un cepillo enorme en proporción a su cuerpo, barriendo las teclas como si fueran baldosas cubiertas de polvo antiguo. El otro sostenía un pequeño paño amarillo, de esos que vienen en los estuches de los anteojos, y lo pasaba con movimientos circulares sobre la pantalla.
Hablaban entre ellos en voz baja. No entendía del todo lo que decían, pero se quejaban. Se lamentaban del trabajo, del desgaste, del tiempo que les llevaba dejar todo en condiciones.
—Cada vez vienen más sucias —protestó uno, secándose la frente con el dorso de la mano.
El del cepillo bajó por el borde de la notebook y se detuvo frente a una de las entradas USB. Observó el interior oscuro como quien mira un abismo y, con evidente esfuerzo, intentó introducir el cepillo para limpiarla. Gruñía mientras empujaba, como si estuviera luchando contra una fuerza invisible.
El otro, frustrado por no llegar a la parte superior de la pantalla, miró a su alrededor buscando una solución. Entonces trepó al termo matero que estaba al costado de la computadora. Resbaló un par de veces, pero finalmente logró afirmarse. Desde allí, estirándose al máximo, pudo limpiar una franja más alta del vidrio.
Yo observaba todo desde mi almohada, inmóvil, con el corazón acelerado. No me atrevía a mover un músculo. Temía que cualquier gesto los hiciera desaparecer, como burbujas al contacto con el aire. Una mezcla de asombro y miedo me mantenía paralizado.
Hasta que pensé:
—Estoy soñando. Esto no puede ser real.
Y entonces desperté.
O eso creí.
Me incorporé con rapidez, todavía con la sensación del sueño pegada al cuerpo. Pensé en escribir lo sucedido para no olvidarlo, antes de que la lógica lo borrara por completo. Y aquí estoy, relatándolo, aunque aún me siento dormido, pensando cómo contar lo sucedido si incluso ahora, mientras escribo, sigo dudando de su irrealidad.
Levanté la vista hacia el escritorio.
La notebook estaba impecable. Sin una mancha. Sin una mota de polvo entre las teclas. La pantalla brillaba como nueva.
Tragué saliva.
¿Estoy despierto?
Eduardo Finocchi / 1-2026
