Hay dirigentes que no se miden solo por los cargos que ocuparon ni por las leyes que impulsaron, sino por la huella silenciosa que dejaron en quienes los rodearon. Diego Rovella fue, y sigue siendo para muchos platenses, uno de esos políticos que entendieron la función pública como un acto cotidiano de compromiso, diálogo y humanidad.
Rovella fue un hombre de La Plata, de esos que caminaban la ciudad con la misma naturalidad con la que ingresaban a un recinto legislativo. Su paso por la política estuvo marcado por una convicción profunda: escuchar antes de hablar, construir antes que confrontar, y representar sin perder nunca el contacto con la gente. En tiempos donde el ruido suele imponerse al contenido, su estilo sereno y respetuoso fue una rareza valiosa.
Tuve el orgullo de conocerlo de cerca durante su paso por la Cámara de Diputados. Yo, Eduardo Finocchi, era entonces Jefe de Fotografía, y muchas veces la lente me permitió observar lo que no siempre queda registrado en las crónicas oficiales: los gestos, las miradas cómplices, el trato amable con cada trabajador del Congreso, desde el más visible hasta el más silencioso. Fotografiar a Diego Rovella no era solo retratar a un diputado, era captar a una persona genuina, coherente entre lo que decía y lo que hacía.
Con el tiempo, el vínculo profesional se transformó en una sincera amistad. Compartimos charlas, momentos de trabajo intenso y también esos instantes simples que revelan la verdadera dimensión de una persona. Rovella tenía esa virtud poco frecuente de hacer sentir importante a quien tenía enfrente, sin importar jerarquías ni diferencias. Siempre dispuesto a escuchar, siempre con una palabra justa, siempre con respeto.
Su forma de hacer política dejó una enseñanza que hoy resulta más vigente que nunca: se puede ejercer el poder sin soberbia, se puede debatir sin deshumanizar y se puede representar al pueblo sin olvidarse de ser parte de él. No buscaba el protagonismo estridente, sino el trabajo constante, silencioso y comprometido.
Hoy, cuando la actividad política parece muchas veces alejarse de la gente y de sus valores esenciales, la figura de Diego Rovella se vuelve inevitablemente extrañable. Porque hacen falta dirigentes así: cercanos, honestos, humanos. Personas que entiendan la política no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para mejorar la vida de los demás.
A quienes
tuvimos la fortuna de conocerlo, de trabajar junto a él y de llamarlo amigo,
nos queda el recuerdo y la certeza de que la política puede ser mejor. Y que
hombres como Diego Rovella, sin dudas, hacen falta.
Eduardo Finocchi / 2-26
